Del betún al cielo | Ana Efigenia
Cabizbajo, serio, triste… ¿Qué te pasa? ¿Hoy no encuentras zapatos que pulimentar? Recapitulo el primer día que saliste a la calle orgulloso de ser quién eras. ¡Cómo llovía! ¿Lo recuerdas? Los charcos se encargaron de hacer desaparecer las aceras, de sacar las ratas de las alcantarillas, de formar ríos que arrastraban mugre de las calles de nuestra ciudad. También arrastró tu primera caja de lustrar, aquella que te hizo derramar tantas lágrimas al navegar. La única herencia familiar que conservaba tu padre.
Evoco a tu padre: era un señor alegre (muy distinto a ti); me gustaba el bigotillo que solía llevar: fino, brillante y retorcido como un cordel de betún moldeado. Amaba silbar. Y, a mí, pasear por las calles que decidía ocupar, distintas cada día, para disfrutar de él. De su musicalidad. A aquellas les llevaba la alegría; era el encargado de hacer socializar a los estirados remilgados. A su vera, se formaban corrillos de personas y ringleras interminables que acababan compartiendo charlas universales. Nunca dejó de sonar la caja de las monedas que, al final de las largas jornadas, siempre rebasaba.
Aquel tortuoso día, después de haber deambulado horas y horas en busca de tu preciado tesoro, decidiste dar la cara y te presentaste en casa llorando desconsoladamente. Llegaste al anochecer. «La perdí», dijiste entre hipos y sollozos. Tu padre empujó las ruedas grandes de su silla metálica y abrazó a un niño de ocho años despintado por la lluvia. Tus ojos, tu nariz, tus orejas, tu boca, tu cuello, tus brazos, tus piernas y todo tu ser se veían distorsionados, arrugados, enrojecidos. El calor de su abrazo te devolvió el rostro, el color y la percepción de tu cuerpo.
La primera mañana que tu padre no salió a la calle, se formó una marabunta humana que arrulló las calles castizas con una sinfonía de silbidos. Unos iban recogiendo a otros, otros a otros, otros a otros, hasta que de pronto una manifestación vecinal se hizo inminente ante la puerta de casa. Como si la misma melodía los fuera distribuyendo, se fueron colocando en filas semicirculares arropando la fachada. Su bigotillo despeinado asomó entre los visillos blancos. Ese día no llovía en la calle, pero en la ventana de casa, diluvió.
Pasada una semana de haber extraviado la herencia, tu padre te llamó y señaló un montón de palos que se veían a través de la ventana. Saliste corriendo en busca de estos y, una vez apilados al lado de la chimenea humeante, te enseñó a pelarlos hasta crear tablitas. Al término de compartir tres mágicas jornadas de trabajo con él, teníais todos los palos mondados. Los siguientes días no viste a tu padre: cuando regresabas de la escuela, estaba siempre ocupado, y la tristeza te envolvía, hasta que en la noche reaparecía con aspecto cansado y cubierto de un extraño polvo blanco. Comulgaba la cena en familia y volvía a desaparecer.
Luego de un mes de que los zapatos chulapos lucieran mates, tu padre volvió a salir. Llevaba una nueva caja de lustre. Apareció de imprevisto en las calles que estaban mudas y desiertas. Su silbido atrajo la vida. Regresaron los corrillos y las colas interminables. Las charlas, las risas, los saludos, las presentaciones. Unos zapatos pateaban a otros. Todos querían ser frotados por el rey del brillo. Allí, contó un secreto: pronto se moriría. Y rogó que te tuvieran en la misma estima que le tenían a él. A ello se comprometieron, lo cual agradeció haciendo su trabajo de forma altruista. Devolvió todas y cada una de las monedas recibidas.
«¿Has visto en qué se ha convertido tu esfuerzo?», te preguntó tu padre una tarde. «Sí», contestaste mirando la nueva herencia que sostenía entre las manos, alzándola hacia ti. Se le cayeron las lágrimas mientras te entregaba su vida y su legado. «Estas calles no brillarán sin ti, papá», le dijiste. Cerró los ojos y, tras haber besado tu frente, cayó desplomado al suelo desde su silla de ruedas. Esa tarde vestí por última vez a tu padre, y tú abrillantaste sus zapatos… tus primeros zapatos.
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