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Decisiones | Amparo Piñeirua

Decisiones | Amparo Piñeirua

   Nunca fui mas feliz que en la cárcel.

                                                             ***

   Vivíamos en un pueblo del norte de México, el pueblo entero se dedicaba a la agricultura, pero todos sabemos que ese trabajo depende mucho del clima y generalmente los intermediarios se benefician mucho mas que el que cultiva.

   Nosotros, dormíamos en una sola habitación cuatro hijos y mis padres, comíamos todos los días tortillas y frijoles, algunas veces arroz, y en ocasiones uno que otro huevo que ponían las dos gallinas que teníamos. En pocos años los narcos se fueron apoderando de nuestras tierras, para sembrar amapola.

   Ellos, reclutaban a chicos jóvenes como yo para el cultivo y venta de marihuana. Al principio ninguna familia quería eso para sus hijos, pero al ser tan pobres y ver que ese negocio dejaba mucho dinero poco a poco fueron cediendo.

   Yo no podía ni acercarme a ellos, lo tenía prohibido, mis padres no querían ceder; pero poco después por la necesidad, mi padre decidió irse de mojado y nos dejó solos. Nunca supimos que había pasado con el, pero no lo volvimos a ver.

   Cuando el se fue, nuestra situación empeoró, ya no había ni para frijoles, entonces decidí que con, o sin permiso me enrolaría con ellos, aprendí bien el negocio y empecé a ganar buen dinero. Nos cambiamos a una casa, ya comíamos tres veces al día y mi madre no lavaba ajeno. 

   

Ayudé a mis hermanos a estudiar y no permití que se metieran en lo mismo que yo. Toda mi familia se fue del pueblo, incluso yo, “ascendí en el negocio” y subí escalones 

   Pero todo tiene sus consecuencias y yo ya me había dado cuenta en donde estaba metido. A menudo nos enfrentábamos con otros cárteles y en esos enfrentamientos siempre había muertos, algunos se sumaban a mi consciencia, eso si, nunca maté fuera de los cárteles, pero no importa, pues al fin y al cabo son vidas que yo sesgué, muchos de ellos eran verdaderos chamacos.

   Me fue creciendo una capa gruesa en la piel pues de otra manera no podrías vivir ni dormir ni respirar, poco a poco me fui haciendo inmune de lo que pasaba a mi alrededor.

   Pronto me di cuenta lo que hacia la droga y nunca consumía, en este negocio siempre tienes que estar alerta y en tus cinco sentidos.

   Me alejé de la familia, no quería que tuviesen que ver conmigo, aquí las venganzas son comunes.

   Pensé que nunca tendría una vida propia, en este oficio es algo a lo que tienes que renunciar, si no quieres que les pase nada.

   Crecí con muchos lujos, pero mí vida era una porquería, siempre alerta, siempre escondido. Tenía que hacer muchos esfuerzos para no sentir remordimientos, a veces la tristeza se apoderaba de mí.

   La policía montó un operativo y en la redada me atraparon, esta vez caí y esa fue mi salvación.

   



Me sentenciaron a ocho años en prisión, poco a poco me fui adaptando a esa vida, que por cierto era mejor que la que tenía afuera, aunque me podía pagar ciertos lujos tienes que aprender a defenderte, pero ese aprendizaje ya lo traía.

  En la cárcel por lo menos no me escondía y podía hacer varias actividades, parecía que mí vida de narco era en realidad mi cárcel y la cárcel mi libertad.

   Ahí conocí a Dios y estudié, supe que había personas que estaban dispuestas a darte su tiempo, sin recompensa alguna.

   Me enamoré de una de las chicas que nos llevaban la palabra de Dios y nos casamos en la cárcel.

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