De principios y finales

Ignacio F.

Las notas de piano se elevan desde el tocadiscos por encima del murmullo siseante de cazuelas y de sartenes; se entrelazan con el aroma a clavo, a comino y a cardamomo, y parecen bailar una danza invisible que me templa el corazón. Es el primer día que paso en esta nueva casa y, aunque aún está desnuda de muebles y de enseres, mis sentimientos han encontrado su sitio con una facilidad prodigiosa: mi melancolía se ha instaurado en las flores del jardín; mi disciplina, en la cocina; mi tranquilidad, frente a la chimenea, y mis recuerdos fluyen por el hilo musical. Quizá no necesite más que eso: un jardín que cuidar, para sentir que aún le hago falta a alguien; una cocina en la que trabajar, para saber que no todas mis destrezas fallecieron ya; un fuego que arrulle mis sueños con el sonido templado de su crepitar, y la música, para cobijar mi soledad en amores de otro tiempo. 

 

Vierto un poco más de consomé en el estofado, y tu voz se entreteje con las notas del piano. Llevo tiempo pensando que el hecho de que fueras músico es una especie de pena bendita que el cielo ha cernido sobre mí. A veces, escucharte tan cerca y no poder verte, no poder tocarte, y no poder recordar ese olor tuyo, tan tuyo, que me embriagaba en las mañanas juntos y en las noches de pasión, duele tanto como volver a perderte; otros días, sin embargo, escucho tu voz en una única estrofa, y una sonrisa de chiquilla enamorada se instaura en mi semblante, devolviendo esa luz a mis pupilas que hace tanto tiempo se apagó. Hoy, te escucho entre estas nuevas paredes y no puedo evitar sonreír al saber que tú también te sentirías en casa: en los escalones del jardín, beberías tus múltiples cafés de la mañana; te sentarías a componer abrigado por el candor de la chimenea, y en la isla de la cocina descorcharías una botella de vino al caer la tarde, mientras intentarías distraerme cobijándome en abrazos, besando mi cuello, anudando nuestras manos.

Cierro la tapa de la pesada cazuela de hierro, y comienza una nueva canción. Sonrío, y me sumerjo en la memoria de muchos años pasados, cuando te vi por primera vez, sentado al piano bajo el foco del escenario, envuelto en estos mismos acordes que anticipan tu voz grave de aguas profundas y de ingenio eterno. Tu cabello cobrizo refulgía bajo las luces, y ese mechón ondulado que siempre he amado dejaba entrever tus ojos de aceituna. Tu voz resonó intrépida en todos los rincones del teatro y, de algún modo, se refugió en mi seno devoto. Creí verte mirarme desde el piano en más de una ocasión. “No seas tonta —me dije—, es imposible que te mire desde ahí”, y me obligué a negar aquello que anhelaba. Pero, cuando terminó el concierto y me viniste a buscar, leí en tus pupilas el destino de una vida compartida y regamos con vino las horas en las que descubrí tu inteligencia viva, tu sonrisa suave y tu temple divino. Y no sé si fue amor a primera vista o, simplemente, la certeza de sabernos complementados, de sentir el vello erizarse con una leve caricia, o la sensación de encontrarse a sí mismo en unos ojos centellantes que te miran vehementes pero, desde entonces, anudamos nuestras vidas.

 

Me sirvo un poco el guiso y me alegro de haber instalado gas en la cocina: nada es comparable con la tradición entre fogones. Tiene un sabor profundo, de toques dulces y aromas especiados. Ceno y recojo todo, limpio la cocina, preparo un té con anís, y voy hasta la chimenea. He colocado una foto nuestra en la repisa, y el resto de marcos y de adornos aún descansan en sus cajas. Tampoco ha llegado la cama, pero sí tengo un colchón que he colocado frente al fuego; lo he vestido con sábanas de lino, una manta gruesa carmesí y unos cojines emplumados. Recuerdo que alguna vez hicimos algo parecido, y no puedo evitar sonreír al pensar que esta vez me costará más levantarme de un colchón a ras del suelo. Me acuesto, y el crepitar sereno de los rescoldos en la chimenea parece mecer los sueños que vienen a mi encuentro. Me siento a gusto, y sí, creo que este será mi penúltimo hogar. Al siguiente, me llevarán a hombros, y ni la sobriedad de la mortaja podrá ocultar mi dicha al saber que descansaré a tu lado para siempre, mi amor.