Cuando la herrumbre lo cubre todo

Álvaro Rubio

Desde que tú te has ido, desde el mismo instante de tu ausencia, mi mundo se ha cubierto con la melancolía grisácea del invierno. Cómo cuesta salir al mundo a la búsqueda de sonrisas y solamente hallar labios sellados, muecas hostiles y arrobas de silencio.  Intento acomodar nuestros recuerdos, uno junto a otro, en la habitación inusual del tiempo. Los ardientes los he puesto en el fondo; los aventureros los he colocado a la izquierda; a la derecha, he dejado a los adversos y, en el centro, sí, en el centro, he dejado a los más tiernos. 

En la cama, cuando alargo la mano y la agito, solo encuentro tu vacío, la sábana fría y mi destierro. No te imaginas cuán difícil me resulta acostar a la memoria, desanclar tu afecto. Al final me desespero, enciendo la luz, miro al rincón, y en el esqueleto de la percha ya no cuelga tu atuendo. Y me cubro de soledad, y un sabor a herrumbre inunda con su metálico aroma mi aliento.

He de salir de este espacio de tiniebla, sí, sé que debo, pues no hace tanto en mi mundo había una luna, un oasis y un océano de encuentro. Quisiera escribir, contarte algo, buscar en la despensa del recreo. Y aquí estoy, en mi mesa, recomponiendo el puzle de aquel tiempo. Una época donde en la noche solamente vivía para escribirte un saludo, una historia o un pequeño cuento; retales de alocados pensamientos, con la única intención de trasladarte a un mundo de ensueño. Ahora busco ese horizonte y vislumbro en mi memoria un escrito, el retazo vivo de un momento:

 

Mi amada Gloria: observo que en la mesa de mi escritorio hay dos objetos que se hacen tilín; dirás que es una de mis paranoias y que es imposible que dos simples objetos se atraigan. Se trata de un bote rojo con una figura blanca, con los brazos abiertos, y de un teléfono inalámbrico, que uso de vez en cuando. La figura del bote rojo parece un duende con manos de cuatro dedos. Él extiende los brazos, sonriente, y el teléfono proyecta la luz de la sala en su dirección y lo golpea en el mismo centro de su cuerpo.

 

Verás, los he colocado uno frente al otro, y tendrías que ver cómo aplauden mi gesto. Solamente si los miras de reojo o te alejas unos metros, puedes ver todo su efecto. Desconozco si es por timidez o por su naturaleza de objeto. Y me pregunto si lo que nosotros consideramos que son simples objetos no dispondrán también de alma, o quizás de sentimientos, y ofrecerán una vida diferente en secreto. Y, solamente si los miras con los ojos del corazón, se puede atisbar su arresto. Cuando lo hice (mirarlos desde el corazón), en esa noche fría, mi sensibilidad cobró dimensión de galaxia, pues los advertí felices, brillantes y contentos.

 

Lo rememoro porque, cuando me metí en la cama esa mañana, tú te hiciste la dormida y, cuando consideraste que Morfeo ya me había capuzado unas cuantas paladas de arena y placía sepultado a varios metros en un sueño, cogiste el teléfono móvil para leer mi cuento. Te escondiste entre las sábanas, para evitar que la luz me alertase. Yo me hice el dormido; permanecí quieto. Al rato percibí tu abrazo cálido, y lo recuerdo bien, pues ese día fue algo más intenso.

 Cuando me desperté, tú te habías marchado al trabajo. En mi teléfono había un mensaje que decía: “Estoy convencida de que esos dos objetos que tan bien describes en tu bonito cuento tienen corazón. Tú eres ese teléfono inalámbrico que irradia su luz en mi dirección, y yo soy ese bote rojo con su duende de brazos abiertos, de cuatro dedos, que te espera, siempre atento”.

Tras la remembranza, me dispongo a escribir un último cuento; para la misión, en la habitación de antaño, esta vez se prestan tres objetos: una soga, una silla y el gancho de la lámpara del techo.