Cuando el cuerpo decide | Aída Vergara
Lo más inquietante es aquello que siendo familiar, se vuelve extraño.
S. Freud
Sometes el cuerpo como quien insiste en una puerta cerrada. Agujas, horarios, calendarios marcados con cruces diminutas. Pasa por tu mente la frustración, desesperación, impotencia, insistes, !nunca te rindes!.
Te acuestas y levantas con la esperanza administrada en dosis exactas. Tu pareja te mira como si el deseo fuera una tarea compartida, un trabajo de tiempo completo. Procrear deja de ser un gesto íntimo: se vuelve procedimiento tedioso, no lo quieres, pero lo tienes que hacer por tu pareja, está obsesionada.
Te dicen que todavía no, hay que intentar otra vez, el cuerpo responde lento. Doctores que se creen dioses. Obedeces. Aprendes a esperar. A dejar de nombrar el fracaso. A fingir que el amor no se desgasta cuando se mide en resultados.
Después de años, el milagro ocurre sin música. Una línea rosa basta. Tendrás una niña. Lloras, pero sin gritar. Tienes miedo de que el cuerpo se retracte. Caminas con cuidado, como si el embarazo pudiera deshacerse con un movimiento brusco. Te habitas por fin como un territorio fértil. Todo apunta hacia delante. Todo es promesa.
El parto llega puntual. Ninguna señal. Ninguna advertencia. Empujas con la fe intacta, con la idea exacta de una hija que ya habías imaginado: su rostro aterciopelado, lista para venir al mundo, el futuro desplegado como una sábana blanca.
Cuando la bebé nace, el tiempo se detiene en un segundo incorrecto. La colocan sobre ti y no sabes dónde mirar. Su rostro está cubierto de pelo. ¿Una sombra?, ¿un rastro? Un manto espeso que borra las facciones. No encuentras los ojos. No encuentras la boca. Encuentras el silencio, tiemblas, dudas.
Te culpas, te quiebras, sientes que algo se rompe antes de entender que miras
sin alcanzar a ser miedo, es una interrupción. El cuerpo reconoce que nunca fue lo pactado.
Tu pareja sin preguntar, enmudece. Un silencio ensordecedor invade a la habitación. Nadie dice nada porque el lenguaje no alcanza. Sin palabras, la promesa se repliega. Todo lo que fue espera se vuelve peso, que ni sostenerlo pueden. Dudas, si abrazarla o pedir que se la lleven. El amor que creías entrenado para cualquier cosa, vacila.
La sostienes, pesa, respira, existe. Entiendes, tarde, que el milagro no viene siempre con el rostro que habías pedido.
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