Cuando aún no llegabas | Ana Fortuny
Encontré el diario de mi abuela Yolanda una semana después de su partida. En la tapa se lee “1952”. Parece que era un cuaderno más grueso, pero creo que alguien lo encontró antes que yo y se llevó las últimas páginas. Estas son las que encontré al final, las que cortaré para mí. Luego lo dejaré de nuevo en el baúl, debajo del chal y del pequeño herbario con la colección de hojas.
3 de marzo
Ayer no pude escribir, pero hoy anoto esto para no olvidarlo, querido.
Después de caminar durante una hora, llegué al valle donde habíamos acordado vernos. Las casas y el ruido de la fábrica quedaron muy atrás, como si no existieran. Era el segundo día de marzo y los campos rebosaban de flores. Me incliné para aspirar el olor a lavanda. Las abejas recogían el néctar y llevaban sus patas traseras cargadas de polen. Eran las tres de la tarde y la caminata me había abierto el apetito. Busqué un sitio plano, sin rocas, con algo de hierba para no llenarme de polvo. Extendí el chal y me senté. Aún quedaba tiempo, así que coloqué la cesta a un lado y saqué una manzana.
El paisaje podría haber sido un modelo para Claude Lorrain: los volcanes oscuros a lo lejos, el cielo despejado, los árboles en media luna a los lados y atrás, como una fortaleza. No había puesto atención a las aves, pero un concierto de polluelos pidiendo su última ración me alegró aún más la tarde. Deseaba que estuvieras ahí, que las escucharas también, pero faltaba media hora para que llegaras.
Mordí la manzana sin dejar de ver el horizonte y entonces sentí su fuerza. Me recostó. El vestido, de tela liviana, fue fácil de deslizar. Quedó enganchado en las raíces de uno de los sauces. Llevé los brazos hacia atrás y vi que algunos rayos de sol se colaban entre las
hojas. Un roce leve, pero diestro, me tranquilizó. Presionó mis brazos, los hombros y me sacó del cuello todo el cansancio. Quise hablarle, agradecer el murmullo táctil, pero no me dejó. ≪Shhh, shhh cierra los ojos≫, le entendí. Y los cerré. La oscuridad llegó, con breves y tímidos puntitos de luz. Una noche diminuta en cada párpado. Así, a oscuras, pude sentir su determinación para cubrirme. Desconocía su propósito, y me preguntaba de dónde venía, por qué no me lo había encontrado antes.
Repasó mi vientre, mis piernas y se detuvo largo rato en mis pies, en ciertas regiones desconocidas que conectaban con otras partes. Los presionaba, y al percibir mi sonrisa se detenía en el arco plantar. Después de varios minutos me di la vuelta. Me despeinó y algunos restos de hojas quebradizas se enredaron en mi pelo. Sopló en mis oídos, en el surco de la espalda, y ahí mismo sentí un mar que se levantaba, pequeñas olas que subían y bajaban rápidamente hasta desaparecer. Quería más olas, más soplidos. Yo era su continente y podía ir y venir a su antojo. Bajó de nuevo por las piernas, por los tobillos y regresó al cuello. Sabía que pronto vendrías y no debías encontrarme así. Estaba en la disyuntiva de seguir abandonada o de buscar la compostura, de recoger el vestido y ponérmelo a la fuerza, de peinar la melena y arreglarla con el moño verde. Te juro que no quería hacerlo. Deseaba seguir ahí, sobre la hierba.
Así, querido, sentí el viento, que se escapó cuando te vi a lo lejos. Venías distraído recogiendo frondas. Me puse el vestido y no te diste cuenta.
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