Enrique Gómez

Corazón reciclado

Tiré mi corazón dentro de un contenedor de reciclaje, en una callejuela de Lisboa. Me deshice de él porque ya no latía. Arranqué de mi pecho aquel trasto inservible y cautericé la herida con sal, jugo de limón y vapores de tequila. 

Fui yo quien había propuesto ir a Lisboa y organizó el viaje. Mi intención era celebrar allí el primer aniversario de nuestra primera noche, embriagados de fado y de saudade. Todo resultó ridículamente perfecto: el hotel, la música, la cena… 

Mientras subíamos las cuestas, dejando atrás la Baixa, ella resplandecía como una sirena emergida del estuario del Tajo; yo me pavoneaba de su compañía, como un ganapán endomingado, consciente de mi buena estrella. Todo en derredor estaba quieto; solo existíamos nosotros, nuestros pasos, el repiqueteo de sus tacones sobre las aceras adoquinadas, una fresca humedad y el albedo de los faroles (tenue, anaranjado). No habrá noche más perfecta que aquel corto paseo.

Para cenar, habíamos reservado mesa en el club de fado más exclusivo de la Alfama. A poco de llegar, quedó la sala a media luz y comenzaron a florecer las emociones, llevadas por el rasgueo monótono de la viola, los fraseos cadenciosos de la guitarra y los susurros de una voz que viajaba de la pasión al dolor en cada estrofa.

Seducido por la belleza de la música, aproveché la interrupción que se produjo durante un cambio de fadista y le entregué, despacio, enamorado, mirándola a los ojos, un pequeño paquete envuelto en papel blanco, rodeado por una cinta roja rematada con un lazo. Sorprendida, retiró el envoltorio con torpeza y abrió el estuche que escondía. Sobre un fondo granate, estaba el anillo que le había comprado: de tres aros, cada uno de un oro diferente, salpicado de diamantes. A la vez, dije una tontería que llevaba preparada acerca de ella, yo, los meses y los años. Quedé a la espera, ilusionado como un perrito tras haber interpretado alguna monería, aguardando la galleta del amo… Llegó el hachazo. Rodó mi cabeza, el corazón se me detuvo.

Tuvo que ser Lisboa dónde me diera cuenta de haber vivido una historia equivocada. Después del: «¡Qué bonito!», alguna alabanza a mi buen gusto y comprobar lo bien que le encajaba el anillo, vi que le afloraba una lagrimita de tamaño “xs” en cada ojo. «Es normal», me dije: «Lisboa, el fado, el anillo, mi declaración…». Pero no. En plena crisis de sinceridad, con una letanía que a mí me pareció excesivamente bien hilvanada para ser espontánea, fui víctima de un discurso de despedida, de los de enciclopedia del dejarlo: «Perdón si te hago daño», «yo no siento lo mismo», «te quiero, pero no te amo»… Mientras hablaba, no hizo amago de devolverme el anillo.

La nueva fadista arrancó con una canción que hablaba de despecho y yo, más atolondrado que ofendido, me levanté despacio de la mesa. Atravesé la sala zigzagueando y abandoné el local. Deambulé un rato, me perdí por aquellas callejuelas empedradas hasta que encontré, en una esquina, un lugar tan desubicado como yo: una tasca mexicana. Entré y bebí tequila hasta agotar las existencias —o, más probablemente, hasta que me echaron por borracho—.

Amanecí recostado sobre un cubo de basura, junto a un charco de vómito. Torpemente, me deshice de mi chaqueta, manchada y rota. Al rebuscar para vaciar los bolsillos, había encontrado la cinta de seda roja que adornaba el envoltorio del anillo. Con ella rodeé mi corazón antes de echarlo sobre los desperdicios.

Evité volver al hotel para no verla, fui directo al aeropuerto, tomé el primer avión y volví a casa. Al llegar, por rutina, abrí el buzón que estaba tan vacío como cuando marché, salvo una tirilla de papel que yacía doblada en el fondo. La recogí, entré en casa y, llevado por la curiosidad, en vez de deshacerme de ella, como siempre hago, leí lo que decía. Había un número de teléfono y un texto escritos a mano: «Mujer sensata, con experiencia, se ofrece…».

No sé por qué, en vez de tirar la nota, la guardé; ni tampoco por qué, pasado el tiempo, marqué aquel número cuando me empecé a sentir mejor. Con aquella llamada comenzó una nueva historia, pero esta vez no hubo anillos, ni fados, ni prisas, ni tequieros.