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Corazón de Caramelo | Ana Efigenia

Corazón de Caramelo | Ana Efigenia

Abrazo sus huesecitos; suelta el último suspiro, y lo dejo marchar. Camino por el pasillo humano que han formado “los batas blancas” para arroparme. No sé si a alguien lo reconfortará, pero a mí no. Lo he visto infinidad de veces en redes sociales con los típicos videos virales que tanto emocionan, pero pasar por él, siendo tú la protagonista, no es lo mismo. No lloro. Me he arrancado el alma e invocado a Satanás.

Pasamos de la alegría al llanto en un segundo. Los últimos análisis resultaron pésimos. Quedó ingresado con tratamiento paliativo. Suena bien la información: calidad de vida, nada de dolor, estabilidad emocional… bla, bla, bla, bla. La realidad es la inducción a una muerte lenta, que se puede agilizar en un momento dado, si no es satisfactorio el resultado.

Era una mañana soleada, adornando alguna nube el celeste eterno, con una brisa sorda que te acariciaba la piel sin avisar. Llegamos sobre las nueve de la mañana, y Sugus, como era conocido en el hospital (por estar siempre comiendo y repartiendo esos caramelos), cruzó la puerta cantando y brincando, como si la bala de oxígeno que llevaba colgando en su espalda, dentro de la mochila de tortuga, no le pesara. Las gafas nasales le herían la nariz, pero cada mañana estrenaba tiritas nuevas, con dibujos de tortugas, que ocultaban las pequeñas úlceras de laceración que le hacia el maldito cable que lo amarraba a esta vida.

«Mira, pequeño; Donatello te ha dejado su mochila preferida para que guardes durante un tiempo esta bombona; es de aire mágico». No me costaba ningún trabajo mentirle: hacía tiempo que el embuste se había convertido en un buen recurso. Mi hijo tardó dos largos e interminables días en convencerse de que debía ayudar a su héroe y ponerse aquel arsenal pesado. Mientras, lo único que supe hacer fue rezar a las tortugas.

Cuando le creció el cabello, estaba rabioso porque había dejado de parecerse a sus héroes.  Quería quedarse sin cejas, sin pestañas, sin pelo de nuevo, para poder ser uno más de ellos. Los vómitos y las náuseas también habían desaparecido; el entumecimiento y la flojedad seguían formando parte de su día a día y, por lo tanto, del mío.

Allí había música, baile, payasos de hospital, voluntarios, enfermeros con batas de colores y gorros de animales, médicos con sonrisas, técnicos especialistas con caricias, tortugas famosas, ratones conocidos, lindos gatitos, héroes maravillosos… y también niños, muchos niños, muchísimos niños. Unos entraban en brazos; otros, en sillas; los valientes, andando; los moribundos, en camillas… Allí olía a muerte. Mi hijo olía a muerte. 

Recuerdo perfectamente el momento cuando me llamaron para darme los resultados de las primeras pruebas que le habían hecho. «Debe acudir a consulta», me dijeron. Mi mente se convirtió en un nimbo; llovía dentro de mi cabeza y los truenos opacaron mi raciocinio. También hubo relámpagos que me cegaron. Me alejé del plano terrenal. Todo suena exagerado, lo sé, pero la tormenta se instauró en mí, y aquí sigue, perforándome en forma de remolino.

Entramos al hospital el día que celebrábamos su cuarto cumpleaños. El primer regalo fue un pinchazo en el brazo y otro en la muñeca. Estuvo toda la mañana enfadado porque le había prometido desayunar tortitas con nata y no había conseguido encontrar ningún sitio donde poder cumplir mi promesa. Se contentó con un kilo de sus caramelos preferidos. Ese día, no sufrió desmayos ni ausencias.

Una tarde de risas, bajó del tobogán y me fijé en su manera de caminar. Parecía ir ebrio de la emoción, pero no le di mayor importancia. Unos minutos más tarde, caminaba ladeado y dando trompicones. Se desplomó. Acudimos a urgencias pediátricas ambulatorias. Mi hijo parecía estar bien. El facultativo nos mandó un control rutinario con una analítica completa para descartar cualquier enfermedad o debilidad a causa del crecimiento.

Se oía a lo lejos una algarabía. Mi pequeño localizó a sus amigos, y echó a correr por el sendero de piedras que llevaba al parque con columpios. Solía abrazar a todos en cuanto llegaba, aunque alguno era más conservador con su intimidad y lo rechazaba. Siempre supo resolver los conflictos; cuando eso ocurría, daba unas palmaditas en la espalda a los tímidos, repartía sugus, y asunto resuelto.

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