Confusión de lenguas

Olivia Castillo

Cuentan  que un hombre salió de Bagdad para visitar los Jardines Colgantes en Babilonia, que era considerada una de las siete maravillas del mundo y que habían sido construidas por el rey Nabucodonosor II, para su esposa Amytia. Sumamente impactado por dicho espectáculo decidió regresar a su tierra y contar a su familia el esplendor de lo que habían sido testigo sus ojos.

En el camino, Abdul, que así se llamaba el  hombre, fue sorprendido por las estrellas de la noche y decidió improvisar una pequeña tienda y se puso a dormir él y su camello, para continuar al día siguiente su marcha.

Cuando los ojos del amanecer se abrieron, Abdul vio, con sorpresa, a una mujer dormida a su lado. Sorprendido y molesto, se levantó al instante y movió con brusquedad a la mujer y al ver que esta no se despertaba le dio un puntapié y la reprendió.

― ¡Por Alá!, ¿Cómo osas, mujer insensata, dormir a mi lado y manchar mi reputación?

La mujer se levantó asustada al sentir el puntapié de Abdul y al escuchar sus palabras dijo:

― Perdón, amable señor, mi nombre es Angelil, soy una princesa y fui raptada por unos bandidos, pero me escapé y me perdí en este desierto. Al buscar el camino para dirigirme a mi pueblo y al verte dormido, a mí también me venció el cansancio, y como tengo miedo a los animales que habitan en este lugar, me acurruqué contigo. 

― ¡Diantre de mujer, hablas mucho y no se te entiende nada!, eres un demonio y quiero que te vayas! ― gritó Abdul.

― Efectivamente, señor, ya te dije que me encuentro perdida, solo te pido que me dejes seguirte para que yo pueda orientarme, ya que no quiero ir sola. Krisna te iluminará.

― ¡Ah, qué mujer tan desvergonzada! ― gritó

Sin embargo, la mujer que tampoco entendía lo que decía Abdul, decidió seguirlo, sin prestarle mucha atención a sus gritos. En cuanto al muchacho, se subió a su camello y empezó su travesía y volteaba de vez en cuando viendo cómo la mujer lo seguía a escasa distancia. Después de un rato se toparon a unos ladrones que les ofrecieron abundante agua y comida, no solo para ellos sino también para el camello. Después los dejaron descansar un rato.

― Hermano, espero que hayas descansado y comido bien. Ahora quiero proponerte un trato. Nos gustaría comprarte a tu hermana y a cambio te daremos un elefante ― expresó uno de los hombres, mientras el otro se reía.

Abdul creyó que le estaban vendiendo un elefante y respondió  que no traía tanto dinero. Pero los hombres, pidieron que les mostrara el dinero que traía, que era muy poco.  Así lo hizo y el rufián tomó la bolsa y le hizo una reverencia a Abdul. 

Cuando el copete del sol, estaba a medio cielo, preparó a su camello y al elefante. Entonces se despidió de los hombres y de algunas mujeres que estaban con ellos y se alejó. Al poco rato salió Angelil y gritó enojada.

― Hombre malvado, ruin y despiadado, cómo te atreves a dejarme con estos bandidos. ¡A ti hablo, excremento de elefante!, voltea.

Abdul, satisfecho, regresó a su casa y contó todo lo que le había pasado en su viaje, pero omitió lo de la mujer. Días más tarde, caminando por el mercado, escuchó gran algarabía y a muchos hombres haciendo corro, entre ellos estaba el Visir: los ladrones estaban vendiendo esclavas y entre ellas, estaba Angelil.

Al Visir le llamó la atención la muchacha y se la llevó al Califa y como este hablaba su lengua, ella le platicó llorando,  cómo había llegado ahí y cómo Abdul, la había cambiado por un elefante.

El Califa mandó a buscar a Abdul y lo encarceló, hasta que éste contó la historia de lo que había pasado y de cómo lo habían engañado por no hablar el mismo idioma. Entonces el Califa mandó al visir por los ladrones y los encarceló. A la muchacha, le cedió el elefante para que se reuniera con su familia y a Abdul, le pidió escoltar a la muchacha a su casa.