Comida de navidad

Montserrat Elwes

Navidad en casa de la abuela. Volver. El sabor rancio del portal. Las basuras que desbordan papel de regalo. Barcelona despierta el 25 de diciembre. 

Mi vuelo llegó temprano, pero sé que ahí estarán la tía y mamá preparando todo, mandando sentar a la abuela, regando de nervios cada detalle. Siento el olor a sopa de galets, y veo a la abuela insistiendo en que se agriará si no tienen cuidado. Veo las bandejas con el pavo y con los cuencos de ciruelas pasa. Faltan sillas, como siempre: llegará el novio de alguna prima. Buscarán banquetas de la cocina, que cojean. Lo recuerdo todo en mi piel. 

Me gustaría habitar aún esos años de infancia en los que no me daba cuenta de nada. La comida de Navidad no era más que el tiempo de espera para la sobremesa, para los turrones de yema que me pringaban los dedos y, sobre todo, el descubrimiento de los regalos. Empezaban por los más pequeños y, cada año, perdía un puesto. Cada año, un primo me desplazaba hacia la adultez. Cada año, la Navidad me expulsaba de su territorio. 

Recuerdo el año que llevé a Juan, mi novio. Creo que, para él, toda la parafernalia navideña de mi familia fue una especie de circo. Nunca más los rituales y claroscuros del 25 de diciembre me parecieron iguales. La casa de la abuela, desde los ojos de Juan, era un laberinto de habitaciones que salían de la oscuridad. Las puertas, los baños, los pasillos tenían una relación inconexa con las personas. Como si la casa hubiera sido construida para las visitas de un día, no para ser habitada. Juan me preguntaba, y yo no encontraba respuestas. La casa de la abuela era así: sin sentido, sin respeto hacia nosotros. Era un piso estancado en el mil novecientos, un escenario de posguerra que nadie se había atrevido a tocar. El espíritu del abuelo, los dogmas del jefe del clan, el respeto a la señora, las reverencias del servicio y las niñas, mi madre y sus hermanas, con trencitas y mandil, guardando silencio. Todo eso estaba en las paredes de “Casa Abuela”. 

Llego al portal; Carrer de Caspe, llegando a Passeig de Sant Joan. Quizá no quiero llegar. Siento pereza por todas sus preguntas, sus revisiones sobre cómo me va la vida, sus miradas. ¡Inevitable, 25 de diciembre! Subo. Entreplanta, primero, tercero, hasta el cuarto piso. Silencio extraño. No responden al timbre. Deben estar ocupadas. Me cansa este frenesí, este agobio insignificante, rancio. Llamo a la puerta durante cinco, diez minutos. Nada. Bajo para pedir al portero la llave de repuesto. Aún guarda la llave que utilizábamos al volver del colegio. Aún guarda la Pepi ese privilegio de poder revisarnos de arriba abajo. Lo soporto; tengo la llave. Subo; la fatiga de cuatro plantas borra mi enfado. Abro el piso de la abuela. Silencio. La sopa humea a punto de cuajar. Los turrones sobre la mesa. Nadie responde. Recorro las habitaciones de papel pintado con los límites ya negros de años. Golpeo puertas. No sé qué broma absurda me han preparado. ¡Fin! Picoteo el salchichón de los aperitivos, sentada en el sillón prohibido que era del abuelo. Me limpio los dedos en el pañito de encaje. ¿Dónde están todos? Cansada, abro el libro que dejé a la mitad durante el vuelo. Me adormilo. Después de un rato, siento frío y espabilo. Extraña comida de Navidad… ¿Dónde estarán todos? Quiero ir al baño. Decido ir al que hay junto a la habitación de la abuela. Siempre me divirtió ese baño con dos puertas: una al pasillo y, atravesándolo, el cuarto de la abuela. Abro esa segunda puerta. ¡No! Una náusea me desborda. Ahí están todos; la abuela yace en la cama. Mamá, Jordi y la tía junto a la cama, dos primas desmayadas en el suelo, papá con la cabeza sobre las rodillas en un sillón, el primo Sergi a los pies de la cama…. Tambaleo. Siento que me voy a desmayar. Me duele la cabeza. Debo salir de la habitación. Huyo disparada hacia la terraza de la cocina y entiendo. El viejo calentador sigue funcionando, aunque no hay llama. ¡El gas inoloro!

Fin de la comida de Navidad.