Código 10-59

Leire Mogrobejo

—Código 10-79, a todas las patrullas. Hemos recibido una llamada de la joyería Cartier en la calle Zamora, número seis. ¿Alguna patrulla a menos de dos kilómetros? Acérquense inmediatamente. ¡No entren!, repito, ¡no entren! La empleada que ha hecho la llamada está escondida en el baño. 

 

La Campa del Sordo estaba a menos de un kilómetro del suceso, pero Anastasia y Emilio, a punto de llegar al clímax, no podían parar. Emilio cedía con frecuencia a los deseos más sórdidos de su compañera. Jugaban a policías y a ladrones. Emilio tenía el papel de supuesto criminal. Ana era la policía que se aprovechaba de su presa en el asiento trasero del coche patrulla. Esta vez, Emilio se encontraba atado de manos, y Ana se daba una gran cabalgada con su gorra de policía como única prenda.

—¡Ostias Ana, para! Es para noso…

—¡Nooo! Y casi estoy. ¡Aaaahhh! ¡Aaaahhh! —gemía de placer.

Emilio comprendió que no podía hacer nada por pararla y decidió entregarse a la lujuria del momento.

—Tenemos que dejar de acostarnos cada vez que estemos de turno.

 juntos  —sugirió Emilio mientras se abrochaba el último botón de su camisa.

—¿Qué quieres?, ¿que me meta en la cama entre tú y tu mujer? ¿Estoy bien peinada?

—Estás perfecta, como siempre. No quiero que vuelvas a entrar en mi casa en medio de la noche.

—¡Venga ya! No me digas que no te gustó; jamás había estado tan cachonda en mi vida, y tú me hiciste el amor como un dios. Llevas más de cuatro meses sin hacerle el amor a tu querida mujercita.

—Deja a mi esposa en paz: quedaste en que nunca la mencionarías. Está pasando por una mala racha y tiene la libido baja.

—¿Baja? Por favor, según tú, el año pasado lo hicisteis tres veces, ¡tres en un año!

¿Estás seguro de que te quiere?

—No lo sé, quizás sea porque llevamos mucho tiempo juntos; teníamos solo dieciséis años cuando empezamos a salir. De todas formas, ¿qué más te da ? Tú no quieres ningún compromiso.

—Bueno, llevamos así más de dos años y…

—A todas las patrullas: han disparado a un hombre, repito, han disparado a un hombre en la joyería. La patrulla 956 necesita refuerzo.

—Aquí 988, estamos de camino; llegamos en dos minutos.

—Hemos mandado una ambulancia; tengan cuidado.

Cuando llegaron a la joyería, los compañeros de la 956 estaban interrogando a los testigos oculares. En el suelo estaba el cuerpo inanimado de un hombre; sobre él, una mujer lloraba desconsolada.  

—¿Conocemos la identidad del difunto? —preguntó Emilio.

—No, aún no. Hemos intentado separar a su novia del cuerpo, pero es imposible. Estamos esperando a que la ambulancia venga y le pongan un calmante. La dependienta estaba enseñándoles un anillo de brillantes. Iban a celebrar sus dos años de noviazgo.

Las sirenas de la ambulancia llegaron a tiempo; le inyectaron un calmante y la llevaron en una camilla.

—Voy a tomar los datos de la mujer antes de que la lleven al hospital. Préstame tu carné, por favor —pidió Anastasia.

La puerta trasera de la ambulancia estaba aún abierta. Anastasia se acercó con su bloc de notas y pidió permiso al enfermero para entrar. Sentada en la camilla, se encontraba la mujer de Emilio. Durante unos segundos, no supo qué hacer. Pensó: “Si llamo a Emilio, la verá; todo se acabará entre ellos, y tendré a Emilio para mí solita. Por otra parte, no sé si estar con Emilio… Me excita tanto… porque es un hombre casado, o porque, en realidad, estoy loca por él”. 

Se lo pensó dos veces, y tomó una decisión. Recuperó los datos de la mujer y del difunto. Cuando salió de la ambulancia, cerró la puerta y se dio de bruces con Emilio.

—¿Has conseguido toda la información que necesitabas? —preguntó él.

—Más de la que crees —contestó devolviéndole el cuadernillo.