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Clown | Aída Figueroa

Clown | Aída Figueroa

La jubilación había llegado, y con ella un nuevo capítulo en mi vida. Me sentía inquieto buscando algo que me mantuviera ocupado. Fue entonces cuando navegando por internet, descubrí un anuncio que llamó mi atención. Una universidad para adultos iba a abrir un taller de “herramientas teatrales”.

Me pregunté si este taller me ayudaría a superar mi miedo escénico que me había acompañado durante tanto tiempo. A pesar de mis dudas tomé la decisión de inscribirme.

El primer día después de la presentación del programa, comenzamos con un ejercicio básico. Se trataba de pasar al escenario, pararse en el centro, y mirar hacia el público sin decir una palabra. Para mí, fue muy difícil, me comenzaron a sudar las manos, a temblar las piernas. Pedí pasar al último.

La maestra nos dijo que este taller se trataba de un proyecto de clown, por lo que para la próxima sesión debíamos llevar una nariz de payaso. Al llegar a la siguiente clase, nos hizo pararnos en un rincón volteados hacia la pared, nos dijo que nos colocáramos nuestra nariz y que hiciéramos un pequeño ritual para identificarnos con ella, y así asumir un cambio en nuestra personalidad. Con el disfraz recorrimos de nuevo el escenario. Fue algo increíble. Me sentí muy suelto, sin nerviosismo, con mucha confianza. Me di cuenta sobre lo que nos había dicho la maestra, que con algo diferente en nuestra persona nos cambia la manera de vernos a nosotros mismos.

De tarea nos pidió preparar un pequeño sketch sin palabras, solo con mímica, y escoger una música con la que nos sintiéramos cómodos, además de alguna vestimenta graciosa de nuestro agrado.  Al llegar mi turno y ponerme mi atuendo además de la nariz, me sentí diferente, libre, confiado. Así en cada sesión había que presentar diferentes actuaciones en las que cada vez me sentía mucho mejor e ilusionado.

Llegó el día de presentar mi trabajo final ante un público expectante. Durante la semana preparé con dedicación un sketch de cinco minutos, ensayando cada gesto y cada movimiento.

 Durante mi actuación escuché las risas del público, y fue como si una chispa de confianza y emoción se encendiera dentro de mí. El pánico escénico comenzó a desvanecerse como el humo.

Cuando salí del escenario, se desataron los aplausos. En ese momento, un gran orgullo me invadió. Había salido victorioso.

 

CLOWN

La semana pasada asistí a una presentación de fin de curso del taller de “herramientas teatrales”, impartido por una universidad para adultos.

Cuando entré al pequeño auditorio ya había gente ahí. Sin embargo, encontré un lugar en primera fila.

Observé que en una esquina se encontraba un grupo de adultos mayores vestidos con ropa graciosa. La maestra del taller nos dio la bienvenida y nos comentó que cada uno de los participantes iba a presentar un pequeño sketch con mímica.

Eran siete hombres y dos mujeres. Todos lo hicieron muy bien. Sin embargo, hubo uno que me encantó. Fue muy gracioso desde que entró tropezándose con todo. Tenía el cabello largo hasta los hombros, canoso, llevaba una camisa roja a cuadros, un pantalón de mezclilla y unos tenis azules. Entró a escena haciendo gestos y con su nariz de payaso realmente parecía uno. Se puso una filipina blanca y parecía cocinar unos huevos, al saltarle el aceite, se alejaba. Luego, se dio cuenta que había caído un cabello en la comida, lo sacó y se puso entonces una malla en la cabeza. Cuando terminó se quitó la filipina, se puso un sombrero y sacó una bufanda que se le caía cada rato. La gente se reía mucho. Antes de salir se acordó que no había apagado la estufa y se regresó a apagarla. Luego, hacía señas de despedida dirigiéndose a una supuesta puerta, y chocaba por ir caminando y volteando la cara. La gente soltó la carcajada. Él hizo como que la abría y salía. Al bajar del escenario la gente lo despidió con muchos aplausos.

Durante su actuación, percibí que él disfrutaba cada momento, cada gesto. Cuando escuchó las risas del público su rostro se sonrojó como una manzana madura, y su emoción se intensificó.

Al escuchar los aplausos finales, su cara se iluminó como un farol en la noche, radiando una luz cálida y triunfante. Se veía satisfecho. Sus ojos despedían una luz brillante y una gran sonrisa.

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