Clases de Latín | Fátima León
NATIVO IMPARTE CLASES DE LATÍN.
Experiencia reconocida.
Método propio.
Resultados garantizados.
Tel: 827 018 240
El cartel era sencillo: una hoja DIN A4, pegada con cinta marrón en el tablón de anuncios de la panadería El Buen Pan, justo entre uno que ofrecía tarot telefónico y otro que buscaba un gato que respondía al nombre de César. Sara lo leyó mientras esperaba que le trocearan una barra campera.
Se quedó mirando un rato en silencio. Algo en aquel anuncio la hizo pensar: “¿Un nativo que imparte clases de latín? ¿De dónde será? ¿Será de la Antigua Roma profunda?”. Se rio de su ocurrencia. Así y todo, apuntó el número en el móvil.
Sara trabajaba en un instituto como profesora de Lengua y había sobrevivido a tres reformas educativas, a una separación matrimonial y, sobre todo, a cinco cursos de latín —que apenas recordaba— durante la carrera. Tal vez, pensó, sería divertido retomar el estudio de esa lengua. O al menos, descubrir si había alguien que de verdad se atrevía a usar el término nativo para una lengua muerta.
Esa misma tarde, llamó al móvil que aparecía en el anuncio.
—Salve —dijo una voz tan grave que debía de haber nacido en el subsuelo de Pompeya.
—Hola. Llamo por las clases de latín.
—Correctus maximus. ¿Prefieres presencial o etérea?
—¿Etérea? —preguntó, sorprendida.
—Bueno, es por videollamada, pero “etérea” suena más noble. ¿No crees?
Sara, confundida pero fascinada, eligió presencial. El profesor le dio una dirección: “Calle Atrio, N.º 18. Tercer piso”. Y ciertas indicaciones: “Toca la aldaba con fuerza porque es muy pesada. Si responde un gato, ignóralo”.
El jueves, Sara llegó puntual para la primera clase. Llamó a la puerta. Abrió un hombre alto, de barba perfecta, vestido con una túnica beige y con sandalias. Sí, sandalias en Madrid. En noviembre… muy digno…
—¿Tú eres… el profesor?
—Marcus Lucius Romano. Nativo de Latium. Roma, siglo i d.C. Reencarnado, desde luego, pero fiel al idioma original. Lo hablo como se hablaba en las termas y en el foro, no como se enseña ahora en los colegios.
—¿Entonces impartes clases de latín antiguo?
—¡Por supuesto! Lingua Latina viva est. Excepto los martes. Los martes está muerta.
Sara entró. El estudio era mitad atrio romano, mitad trastero de un actor de teatro clásico retirado. Había, entre otras muchas cosas, un busto de Cicerón (que hacía las veces de perchero), un cesto de uvas frescas y una fuente que sonaba como una cascada.
La clase empezó, gritando Marcus: “¡Nil nisi Latine. Initium est!”[1].
Sara no sabía si aquello era una estafa, una performance o el mejor jueves de su existencia. Cada semana asistía a clase entusiasmada. El latín empezó a instalarse en su vida: etiquetó su nevera como frigidarium, a su gato como bestia domestica y empezó a colocar pósits con frases en latín por toda la casa.
Una noche, Sara soñó con Marcus. Estaban en un foro romano. Él llevaba un casco de obra, a modo de casco montefortino, y le decía: “Tempus fugit, Sara. Noli morari”2.
Al jueves siguiente, cuando llegó al estudio, encontró un mensaje pegado en la puerta: “Vale. Viximus”3. Sara no supo qué hacer y se quedó allí durante un buen rato, hasta que decidió marcharse.
Pasaron las semanas. Mientras, Sara siguió dando clases en su instituto. El latín se convirtió en un juego con su alumnado y empezaron a repetir sus expresiones favoritas: “Mens sana in corpore sano”; “Carpe diem”; “Alea iacta est”…
Un día, una alumna le preguntó:
—Profe, ¿por qué nos enseña esto con tanto entusiasmo si ya nadie habla latín?
Sara sonrió.
—Porque una lengua nunca muere del todo —contestó—. A veces, solo está esperando a que alguien la pronuncie de nuevo en voz alta.
Un jueves por la mañana, cuando salió del aula, pasó junto al tablón de anuncios del instituto. Había un nuevo cartel que llamó su atención: “Nativo da clases de griego clásico”.
Se quedó parada un rato en silencio. Una sonrisa se dibujó en su cara.
1“¡Nada más que en latín!¡Comenzamos!”.
2 “El tiempo vuela. No te demores”.
3 “Cuídate. Estamos vivos”.
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