Cicatrices en el corazón

Gonzalo Tessainer

Desde pequeño siempre me he sentido atraído por el mundo de la medicina y, aunque nunca he podido llegar a ejercerla, he intentado mantenerme al día de todos los avances que se han hecho en ese campo a través de revistas, artículos, seminarios y documentales. Mi interés no viene porque mis padres fueran médicos; es más, ninguno de ellos me inculcó una pasión por la ciencia. Su mayor preocupación era trabajar para poder llegar a fin de mes. Mi pasión por los avances médicos comenzó de manera casual a raíz de una visita que hice a mi abuelo en el hospital tras una operación que le habían hecho.

    —¿Qué te han hecho? —pregunté en cuanto lo vi postrado en la cama de su habitación.

    —Me han puesto una cosa en la rodilla para que pueda andar mejor.  

    —¿Como un aparato? ¿Lo puedo ver? ¿Eres ahora un robot?

    —¡No! —respondió con una sonrisa—. No se puede ver. Está dentro de la pierna. ¡En cuanto me recupere, podremos volver a pasear juntos por el parque y ver los patos del estanque de nuevo! 

    —¿Me lo prometes?

    —¿Cuándo te he mentido, Pablito?

    La promesa de mi abuelo se hizo realidad y, después de dos meses de rehabilitación, volvimos a disfrutar de los paseos.

    Cincuenta años más tarde, era yo el que se encontraba en el mismo hospital, pero en aquella ocasión me iban a operar a mí. «Estate tranquilo: es una simple operación rutinaria y en unas horas estaré como nuevo», intentaba tranquilizarme mi mente.

    —¡Buenos días, Pablo! ¿Cómo te encuentras? —La voz del médico interrumpió mis pensamientos.

    —Si te soy sincero, un poco nervioso. Sé que me lo has dicho muchas veces pero, ¿con esta prótesis se me pasarán los dolores?

    —Mira, Pablo. Estas prótesis se diseñaron para personas que, como tú, están cansadas de sufrir y quieren que su corazón deje de sentir. Además, el diseño que te vamos a poner tiene la función de seleccionar aquellos sentimientos que deseas eliminar. El amor es el que quieres anular, ¿verdad? 

    —¡Así es! —respondí convencido—. Pero ¿qué pasa con los recuerdos? ¿Se eliminarán también?

    —No, esos permanecerán en ti de por vida.

    —Es decir que, después de todo, tendré una cicatriz más en mi corazón.

    —Pero con una diferencia: ya no te dolerá ninguna.

    La operación resultó un éxito y, tras una rápida mejoría, el médico me dio el alta con la condición de que fuera a verlo a su consulta una semana después, para comprobar que la prótesis funcionaba correctamente.  

    Al abandonar el hospital, decidí ir caminando a mi casa. Fue un paseo lento y sin prisa, en el que mis ojos se deleitaron con todos los objetos que adornaban los distintos lugares que vi. Sin darme cuenta, mis pasos me llevaron hasta el parque en el que había vivido tantos momentos con mi abuelo. Me senté en un banco y pude observar cómo un anciano jugaba al fútbol con un niño; supuse que sería su nieto. Esa imagen hizo que recordara mi infancia y deseé que mi compañero de juegos de niñez estuviera sentado a mi lado. De repente, los latidos de mi corazón se aceleraron, mis ojos se inundaron, y unas lágrimas llenaron los surcos de las arrugas de mi cara. Intenté calmarme, pero los latidos eran cada vez más fuertes, y sentí que mi corazón iba a salirse del pecho. En ese momento, di rienda suelta a todos mis sentimientos y, durante horas, permanecí en ese banco llorando, junto a ese árbol que había sido testigo mudo del amor que mi abuelo y yo sentíamos el uno por el otro. 

    Las farolas ya se habían encendido y, sin pensarlo dos veces, decidí realizar una llamada.

    —Perdona que te moleste a estas horas, pero me gustaría que me quitaras la prótesis que me pusiste hace unos días —pedí entre sollozos—. Mira, la medicina ha conseguido muchos logros a lo largo de la historia, pero hay una cosa que jamás podrá cambiar. Los sentimientos y el amor de una persona siempre serán más fuertes que cualquier avance médico. Quiero sentir las cicatrices de mi corazón y aceptar las que se producirán en un futuro, ya que, gracias a estas, nunca perderé la grandeza de sentirme vivo.