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Castigo | Thelma Moore

Castigo | Thelma Moore

Vagaba con las manos en la bolsa, desesperado, sin un quinto.  El hambre me había levantado muy temprano y salí a la calle.

Mis pasos retumbaban en la desolación del barrio, el amanecer apenas iluminaba mi caminar.  Me recargué en una pared al sentir un vahído y me dejé deslizar por ella.  Sentado frente a un poste al levantar la vista  vi un anuncio escueto que decía:  “Se solicita un compañero de viaje, llamar al teléfono 99 616 66666”.

Entusiasmado, con más energía, me levanté y empecé a pensar dónde conseguiría el dinero para hacer la llamada.  Caminé tres pasos y, ¡oh, maravilla!, encontré una billetera con lo suficiente para un buen desayuno y una llamada telefónica. 

Después de saciar mi apetito, efectué la llamada. Me contestó una voz conocida que de momento no recordé de quién. A medida que me explicaba la identifiqué como la de un amigo y colega novelista. Lo interrumpí para preguntarle:

—¿Eres tú Parménides?

—Pensé que no me ibas a reconocer.

—¡Cómo no!, si nos tratamos desde hace años, pero pensé que nunca me perdonarías.

—Es cierto que lo que me hiciste era para no volverte a hablar en toda la vida, pero decidí olvidar tu ofensa.

—Me quitas un peso de encima.  Razón de más para sentir que el trabajo que ofreces me lo otorgarás a mí.

—Pero por supuesto, ya que realmente prefiero viajar con un compañero al que conozco: preparado, inteligente y de confianza.

—No tengas cuidado por el sueldo; por ser tú, te pagaré más de lo que le daría a cualquier desconocido.  Pásame tu teléfono y te enviaré los datos necesarios.

—Mi teléfono está descompuesto, pero mi dirección es: Paseo de la Amargura S/N, llegando a la avenida preguntas por mí, todo mundo me conoce como “el escritor”. Te espero mañana por la mañana, tendré preparado mi equipaje, —lo dije con ínfulas de hombre pudiente.

 —Por ahí estaré en el transcurso de la mañana. Adiós.

Colgué feliz y me dirigí al cuartucho en el que vivía. La única novela que había logrado que me publicaran fue “La vida real”, y apenas me daba para sobrevivir. Este trabajo se presentaba como  una oportunidad para salir de pobre y además conocer mundo.

Esa noche no dormí.  Cuando amaneció, me vestí con mis mejores galas. Al fin apareció.  Me abrazó efusivamente y me dijo con voz tan contenta que me hizo felicitarme por mi suerte de conocerlo.

—Hola, ¿cómo has estado?, ¿ya estás listo?

—Por supuesto que sí, —le contesté.

—Mira, traje un vinito especial para brindar antes de irnos.

—Me disculpo, Parménides, sólo tengo dos tazas.

—Bueno,  aprovechemos lo que tengas.

Vertió el vino, lo bebí con fruición, sentí un tremendo sopor, vi que él caía en un sueño profundo y no pude evitar dormirme yo también.

Sentí  que nos absorbía un remolino potente, oscuro que nos arrojó en un lugar muy caliente, empecé a sudar y al ver a mi amigo, éste se reía a carcajadas.

—Ja, ja, ja, ¿creíste que te iba a perdonar el haberme robado la obra de mi vida: Qué iluso! Preferí condenarme e hice un pacto con el diablo, pronto llegaré a la sala de castigados por vengativos, estoy consciente de lo que me espera: yacer en un ataúd por la eternidad, pero tú vas a estar peor porque la traición se castiga más que los que no perdonan.  Sufre desde ahora,  tu seguirás hasta la sala de los que desuellan; les arrancan la piel en tiras y cuando te dejan en carne viva, vuelven a empezar, sin esperanza de que se termine el sufrimiento.

Buscando desquitarme, pese a que reconocía que tenía razón, le grité,

—Para lo que sirvió tu novela, ni siquiera se vendieron veinte ejemplares, fue un fiasco. No valía la pena haber llegado a esto.

Una mueca de disgusto surcó su rostro y desapareció. Yo seguí siendo arrastrado hasta que llegué frente a una cámara de la cual salían gritos y aullidos que me enchinaron la piel.  El miedo hizo cimbrar mi cuerpo y heme aquí, con un sufrimiento peor que cualquier dolor pueda ocasionar, haciéndome arrepentirme cada segundo de haber abusado de su confianza al encargarme que le revisara su novela.

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