Candela y la fuerza de la arcilla | Fátima Leon
Hace ya casi diez años que Candela llegó a La Palma. Había dejado en Madrid toda una vida de éxito como ejecutiva de una multinacional y, con ella, también el abismo que le dejó la muerte de su pareja. Cuando Ernesto falleció, Candela sintió que ya no tenía nada que hacer allí, que había perdido su lugar en el mundo que habían compartido.
Los meses que siguieron a su pérdida fueron como caminar por una tormenta interminable. Sin embargo, entre el duelo y el cansancio, tomó una decisión: renunciaría a todo y comenzaría de nuevo. Un acuerdo con la empresa le dejó suficiente dinero para vivir con dignidad por un tiempo.
Una tarde cualquiera, mientras paseaba sin rumbo por El Retiro, sonó su móvil.
–Hola, Candela, ¿cómo estás? ¿qué haces? –la alegre voz de Nieves al otro lado del móvil haciendo una pregunta tras otra sin parar, hizo que Candela soltara una carcajada.
–Hola, Nieves, –le contestó Candela, pero Nieves no paró de hablar.
–Te he comprado un billete para que vengas a pasar unos días con nosotros. No puedo devolverlo, así que ya estás preparando la maleta. Te mando el billete. Nos vemos pronto. Adiós, guapa. –Nieves colgó sin esperar su respuesta.
Candela se quedó mirando el móvil como si no entendiera lo que acababa de pasar. ¿Un viaje a La Palma? ¿De verdad? Minutos después murmuró para sí:
–¿Y por qué no?
*****
Mientras volaba hacia La Palma, Candela no podía imaginar que su vida iba a cambiar radicalmente. Se quedó tan enamorada de la isla, que en apenas dos semanas había decidido quedarse a vivir allí. Compró una pequeña casa con terreno en el pueblo más tranquilo de la isla. Allí montó un taller de cerámica, que era su verdadera pasión, y vendía sus obras a los turistas y en el mercadillo los sábados. Sus cerámicas eran reconocidas por su diseño simple y su belleza.
Cada tarde cuando acababa la jornada, se preparaba un café y se sentaba en la terraza para contemplar en silencio los maravillosos atardeceres que le regalaba la naturaleza. Las ventas le iban muy bien, tenía muy buenos amigos y cada vez era más feliz.
*****
Esa mañana Candela se levantó temprano como siempre. La luz del amanecer se filtraba a través de las persianas y el día prometía ser tranquilo. Después de desayunar, se puso a preparar unas piezas que debía terminar para llevarlas al mercadillo.
El aire estaba cargado de un extraño olor a azufre pero era habitual que, en ocasiones, el viento trajera olores del volcán. Mientras trabajaba, notó que un intenso temblor sacudió el suelo bajo sus pies.
Pasados unos minutos, las alarmas resonaron en todo el pueblo. Candela cogió su mochila con lo esencial y corrió hacia la plaza, donde las autoridades organizaban la evacuación. En el caos, sacó de su bolso un pequeño espejo que le había regalado su madre. Al mirarse, vio que estaba despeinada, su cara llena de hollín y sus ojos cansados pero aún llenos de vida.
Durante dos semanas el volcán no dejó de expulsar lava día y noche arrasando todo lo que encontraba a su paso. En ese tiempo, Candela contempló con impotencia como su mundo quedaba reducido a cenizas.
Cuando finalmente pudo regresar, el paisaje que una vez fue su refugio era ahora un páramo de cenizas. El dolor en su pecho era tan profundo como el que sintió al perder a Ernesto. Con manos temblorosas, giró la llave en la cerradura. La puerta cedió con dificultad, revelando el desolador interior de su casa.
Mientras las lágrimas corrían por sus mejillas, sacó el espejo para limpiar sus ojos y, a pesar de todo, la mujer que veía reflejada no era una mujer destruida, sino desafiante. En ese momento se dio cuenta de que, en medio de tanto caos, había algo intacto en ella, algo que no podía ser destruido por la lava ni por las cenizas y era su voluntad de reconstruir nuevamente su vida.
Si era capaz de moldear la arcilla y transformar algo amorfo en algo bello, también sería capaz de hacerlo con su vida.
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