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Caminar | Fátima León

Caminar | Fátima León

El primer sonido que escucha es el viento, aunque no es un viento normal. Es como si aullara,

como si buscara algo oculto en cada ráfaga.

Abre los ojos. Está tendida sobre la tierra húmeda. El cielo es una masa oscura, con nubes

que se agitan como si buscaran escapar. Siente un dolor punzante en su cabeza. Intenta

incorporarse, y nota que está cubierta de polvo. Tiene una herida en la pierna, pero no sabe

cómo se la hizo. En realidad, no recuerda nada: ni quién es; ni dónde está; ni siquiera qué

día es.

Observa sus manos, como si pudieran darle alguna pista. No hay anillos. No hay tatuajes.

Nada que le resulte familiar. Para ella, más perturbador que no saber quién es es no poder

recordar si alguna vez lo supo.

Unos metros más allá, un hombre se arrastra entre los restos de una pared derrumbada. Está

cubierto de ceniza. Se acerca. Tiene el rostro tan inexpresivo como el de ella. La mira

fijamente. Ella lo mira también. En sus miradas se esconden preguntas que ninguno sabe

cómo hacer.

—¿Eres…? —comienza él. Su voz suena extraña, como si no le perteneciera.

—No lo sé —lo interrumpe ella.

Se observan en silencio, como si buscaran una señal, una palabra, algo que les indique qué

deben hacer. Pero todo está en blanco. No hay recuerdos. Solo son cuerpos en un mundo

devastado.

—¿Qué ha ocurrido?

—No… no lo sé.

En sus palabras no hay rastro de emoción. Su vida es una página en blanco, como si hubieran

venido al mundo en ese instante. Quizás, de algún modo, hayan vuelto a nacer.

Después de haber hablado un rato, concluyen que la única opción es caminar hacia adelante.

No existe un “detrás” o un “antes”.

A su alrededor, el paisaje está totalmente quemado: árboles sin hojas, coches volcados,

estructuras desplomadas. Todo lo que alguna vez pudo tener significado ya no lo tiene… es

posible que nunca lo haya tenido.

Más adelante encuentran a un niño. Está solo, sentado sobre un colchón roto, masticando

algo. Tiene la cara sucia y los ojos rojos de haber llorado. Observa con angustia cómo se

acercan. No habla.

—¡Hola!, ¿cómo te llamas? —le pregunta ella.

El niño no responde; únicamente el gesto de su cara indica que no lo sabe.

—¿Dónde están tus padres? —pregunta él.

El niño piensa unos segundos. Luego se encoge de hombros y les ofrece una barra de cereal

sucia. La aceptan y la comparten. En estos momentos, no existe el asco ni el agradecimiento:

solo existe la necesidad.

En una esquina encuentran un depósito de agua. Calman la sed y se refrescan. La superficie

les devuelve su reflejo, pero no se reconocen: son rostros sin historia.

—¿Crees que esto… empezó hoy? —pregunta ella.

Él, distraído, la mira.

—No lo sé. Puede ser que hoy tampoco exista.

Avanzan. Les duelen los pies, y el sol les lastima los ojos, pero no se detienen. Piensan que,

si se paran, quizás, el vacío existente crezca aún más. Si se quedan quietos, el abandono

puede hacerlos desaparecer.

No saben cuánto tiempo ha transcurrido. Continúan caminando. Encuentran una casa medio

destruida. Entran con desconfianza, pero ya están agotados. Dentro, una cama, una lámpara,

una radio que no funciona… Por fin, podrán dormir unas horas… al menos, lo intentarán.

Después de haber descansado, siguen caminando. El niño camina entre ellos, sujeto de ambas

manos. A veces tararea una melodía de la que no sabe de dónde viene. Quizá, la canción

tiene una letra que él no recuerda.

Suben una colina. Desde allí, todo se ve gris. Un paisaje sin nombres. Sin memoria. Sin

señales. Sin advertencias.

Ella se sienta. Respira profundamente.

—¿Y si nunca pudiéramos volver a recordar? —le pregunta.

Él se sienta junto a ella.

—Pues entonces tendremos que inventarlo todo —afirma esbozando una ligera sonrisa.

El niño, en cuclillas a pocos pasos de ellos, garabatea dibujos en la tierra.

Después de este pequeño respiro, comienzan a caminar otra vez. No se dirigen hacia un lugar

conocido, sino hacia lo único que les queda: el ahora que tienen por delante.

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