Cámara frigorífica | Bruno Aloisi
Un montacargas en un hospital sube lentamente hasta la planta 13 de las 39. Delante de la puerta esperan cuatro personas. El ascensor convencional está averiado, por lo que todos fijan la vista en el indicador luminoso —rojo y amarillo— del elevador de carga, siguiendo su avance y contando mentalmente: «…diez, once, doce… y por fin, trece. ¡Qué lento es, por Dios!».
Las alas de la puerta se deslizan horizontalmente y se ocultan a cada lado, dejando a la vista, en medio de la cabina, una camilla cubierta con un lienzo. La silueta bajo la tela revela lo evidente: un cuerpo inmóvil. A su lado, un sanitario con bata blanca sostiene la camilla.
—No veas un cadáver —pensó el primero.
—Un cuerpo inerte, pero no el mío —pensó el segundo.
—Una pobre alma —pensó el tercero.
—Un gasto menos —pensó el cuarto.
Se estableció entre ellos una conexión silenciosa, hecha de miradas y pensamientos. Luego desviaron los ojos hacia la camilla y hacia quien la conducía. Cada uno marcó en el pulsador la planta de su destino. La puerta se cerró y las mentes volvieron a ponerse en marcha.
—Qué lento va… y siempre me llaman a mí para arreglarlo. No es culpa mía: la mecánica es antigua. Además, es lunes. Mira a este, ahí tirado en la camilla, sin dar un golpe… —pensó el primero, indignado consigo mismo.
—Esto seré yo en pocos días. Mi cuerpo no es mío. Será transformado y, por fin, podré ser yo misma y no yo mismo. Unas operaciones delicadas y seré estupenda. Dejaré atrás a mi yo no real —
se dijo el segundo, esperanzado.
—Rezaré por esta pobre alma. Cada día tantas personas parten de este mundo y se acercan al Creador, nuestra única salvación. Rezaré también por las almas vivas que me acompañan en este instante, que parecen asustadas por todo esto —pensó el tercero.
—Vaya… cuando llegue a mi planta, podré restar un gasto más. Este pobre individuo seguro que representaba un coste elevado en nuestro balance hospitalario. Y después dirán que soy yo quien malgasta el dinero —se dijo el cuarto, satisfecho.
El ascensor se detuvo en la primera planta seleccionada. El hombre de la bata azul salió; miró a los demás sin pronunciar palabra, pero la conexión visual y mental seguía siendo clara: «Adiós a todos y suerte». Los que quedaban, en silencio, tocaron el marco de madera del montacargas —que ayudaba a amortiguar los golpes de las camillas— como si, al hacerlo, invocaran un amuleto para alejar el posible mal augurio.
En la siguiente parada salió la mujer, que vivía atrapada en un cuerpo masculino que no sentía como propio. Se giró un instante, como una modelo en la pasarela, buscando de nuevo el contacto visual y mental con quienes permanecían.
—Adiós, chicos, estaré estupenda —se repitió mentalmente, con una mezcla de nervios y orgullo.
Uno pensó: «Seguro que serás más feliz, y quienes te vean renacida también lo serán». Otro replicó en su interior: «Siempre serás una criatura de Dios. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar?».
En la penúltima parada salió el de la túnica negra. Antes de salir, puso la mano sobre el féretro y rezó en silencio un Ave María por él, buscando también el contacto visual y mental con el sanitario que conducía la camilla.
En la última planta salió el de los gastos. Se giró y buscó contacto visual con el de la bata blanca, pero este parecía ausente, como el muerto.
—Otro gasto que pronto dejará de pesar en nuestros balances —pensó, viendo al hombre como un simple número más.
«Por fin se han ido todos», pensó. Marcó la planta −3. La cabina bajó lentamente hasta llegar a la morgue. Se abrió la puerta. Empujó la camilla. La puerta se cerró detrás de él y siguió su camino hasta la cámara frigorífica.
Allí nadie pensaba nada… sólo él:
—Ahora me voy a comer el bocata con la cervecita fría. Salud a todos vosotros, mis amigos silenciosos: sin memoria, sin pensamientos, sin habla, sin preocupaciones, sin vida terrenal, sin sufrimiento… a veces os miro y me dais envidia.
La cámara permaneció fría y silenciosa. Afuera, la actividad continuaba; adentro, ningún pensamiento se deslizaba entre los cuerpos inmóviles.
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