Cagajón de burro | Nataly Zerpa
En el pueblo de Palo Seco, donde el tiempo se mece a ritmo de hamaca y las noticias viajan en burro o a grito limpio, apareció un cartel que trastocó la paz parroquial:
SE VENDE CAGAJÓN DE BURRO
Directo del culo del burro a su mata.
Fijado con dos clavos torcidos en la reja de la plaza —justo al costado donde los viejos jugaban dominó y los niños cazaban lagartijas— el letrero obligaba a elegir: reír, escandalizarse o ir a comprar. O las tres.
El autor de semejante anuncio, escrito en un cartón con marcador medio seco y letra torpemente cursiva, era nada menos que Don Aniceto Barroso, alias «El Compostero», un hombre que hablaba con las plantas y dormía con su burro. Bueno, no literalmente con él, pero vivían juntos en la misma casa: Don Aniceto, su burro Filomeno y una colección de orquídeas que crecían como jungla enloquecida en plenos llanos olvidados.
—¿Y eso con qué se come? —preguntó Doña Petronila, hermana de los famosos Lengua’e guabina, con la cara fruncida como si le hubieran ofrecido guiso de zapato.
—No se come, se siembra —aclaró Don Aniceto, mientras cargaba un saco que parecía lleno de brownies mal hechos—. ¡Esto es puro nutriente! Lo mejor para sus matas de cayena.
—¿Y por qué el ano del burro es redondo y la bosta sale cuadrada? —preguntó el nieto de Doña Petronila, con esa inocencia científica que solo tienen los niños.
—¡Ah! Eso sí que es un misterio de la vida —dijo Don Aniceto, acomodándose el sombrero—. Algunos dicen que es pa’ que no ruede cuesta abajo. Otros, que el burro es tan sabio, que hace sus necesidades con geometría.
Desde aquel día, la vida en Palo Seco cambió. Ya no se hablaba del nuevo semáforo que llevaba tres meses en amarillo, ni de si la reina del carnaval tenía las pestañas postizas. No. Lo único que importaba era el cagajón del burro.
La gente empezó a presumir sus plantas:
—¡Mire esa flor! ¡Parece que le pusieron luces por dentro!
—Eso es cagajón del fino.
—Yo se lo echo directo, sin colar.
—¡Yo lo diluyo en agüita de lluvia!
Don Aniceto se volvió una especie de gurú. Le hacían preguntas como:
—¿Cuántas veces al día defeca un burro feliz?
—¿Hay diferencia entre cagajón seco y cagajón tibio?
—¿Se podrá hacer té de cagajón? (A lo que Don Aniceto respondió: “pa’ las plantas, sí… usted verá si quiere probar también”).
Incluso el cura del pueblo empezó a regar sus begonias con disimulo, tras una confesión botánica con Don Aniceto, y su burro.
Un día, llegó un periodista desde la capital. Había oído del “oro negro rural” y quería hacer un reportaje. Don Aniceto, con su burrito al lado y un saco en cada mano, declaró:
—La gente busca milagros en pastillas, y resulta que el verdadero secreto está en el trasero del burro. ¡Más natural imposible! Del culo del burro a su mata. Así de sencillo.
Y así, entre risas y preguntas filosóficas que giraban en torno al burro y su culo, con un aroma peculiar que al principio molestaba pero que pronto nadie notaba, Palo Seco floreció.
Porque en los pueblos, hasta las heces de burro tienen su encanto.
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