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Blanco y negro | Sandy Manrique

Blanco y negro | Sandy Manrique

El pretendiente

Yo la acompañé al mar esa mañana. Caminamos en silencio. Iba ataviada de negro, listones rojos en  su pelo. Le había entregado la mitad de mi corazón, la mina de mi lápiz se había deslizado sobre un papel color arena que le entregué.

 

No quiso leer mi carta de inmediato. Apretó el manuscrito entre sus manos y  caminó como un hielo hacia el faro. Volteó para decirme que visitaría al torrero como era su costumbre. La seguí. ¿Qué más podía hacer? Seguí su halo azabache que amenazaba con quedarse guardado entre los árboles de guanacastle y tepehuaje.

 

Caminamos hacia el acantilado que descansa a pie del faro. Desde ahí podía contemplarse el mar infinito. El agua borrascosa jugaba con las barcas, agua traicionera que no descansaba, su único objeto era eliminar a quien osara cruzarse en su camino.

 

Pese a lo artero del paisaje, la vi sonreír mientras leía mi misiva. Primero pensé que me correspondía, que se desharía de las capas que la cubrían, que me dejaría entrar y verle el alma. Me equivoqué. Lo que escuché  fue una carcajada. Me dijo que si no sabía con quién trataba, que no estaba destinada a alguien como yo.

 

Entonces perdió la estabilidad y se resbaló. De esos momentos en que el pie se dobla sin razón. No la vi más. Me quedé buscándola entre las rocas, los cactus hasta entre las olas. Nada. Supe que la vida de Tesalia  se había extinguido sin más.

 

No tuve nada que ver con su pérdida. Le quería. Aguardaba el día  en que nos hiciéramos novios, pudiera casarme con ella, frente al mar.

  

El farero

Cuando conocí a Tesalia fue como encontrar un aliento de primavera en este gélido mundo. Vino al faro  que custodio desde hace cuarenta años para recabar historias sobre el mirador.Su presencia me hizo afinar mis recuerdos.  

 

Ese día  la vi subir por el camino empedrado que conduce al faro en compañía de un chico que yo desconocía. No hacía pausas, el muchacho la seguía de cerca.  Tuve el ensueño de que viniera a saludarme como lo había hecho en otras ocasiones, pero no subió enseguida.

 

Supuse que se había quedado cautivada por el mar, secuestrada su mirada y ensordecida su mente. En ocasiones el mar es tan estruendoso que no te permite mirar hacia otro lado. Eso debió pasarle a Tesalia.

 

Cuando subió a verme se disculpó por no haber subido enseguida a saludarme. Le dije que no tuviera cuidado, que me daba gusto verla. Vi su mirada triste. No era normal en ella, cada vez que estaba frente al mar los ojos se le encendían de puro gusto, hablaba sin respirar de las glorias de la vida que viniesen a su mente.

 

Ese día  Tesalia no era ella. Vestía de blanco, pero pude verle una negrura en los ojos que desconocía, un pesar que tenía adentro y amenazaba con desbordarse. Los dedos de sus manos no estaban abiertos para recibir como era su costumbre, se mantenían contracturados, aferrados a un papel.

 

Le pregunté si algo le acongojaba. Si este hombre  entrado en años podía ayudarle. Dijo que no, que era muy personal. Lo resolvería. Insistí en si  era posible que lo comentara con su madre. Dijo que a ella menos que a nadie.  Que no me preocupara, que estaría bien.

 

Eso fue lo último que dijo antes de que su cuerpo comenzara a desvanecerse, fundirse en una sombra que se enfiló hacia la salida, se elevó hacia la única ventana de ese espacio, convertida en una presencia sutil, casi etérea.

 

Me tallé los ojos para entender lo que sucedía. Intenté recuperar su imagen en medio de la oscuridad, pero se había ido. Al otro día la policía vino a hacer indagaciones. Yo les dije lo que había presenciado, no me creyeron.

 

La gente en el pueblo dice que es posible que la haya empujado su enamorado, o que ella misma se lanzara  al mar.  Sé que se equivocan. La vi desvanecerse aquí mismo. No había otra forma que terminara sus días, sino volátil e interminable como el océano.

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