Bajo la coronación del sol – Ana R.J.
El sol todavía no había salido, pero la luz rosácea y el brillo dorado de las nubes preludiaban su aparición. El frío de la noche había congelado las gotas de rocío sobre los crisantemos, decorando las flores con diminutas perlas escarchadas.
También había helado la humedad del suelo, que se había solidificado en finas láminas sobre el enlosado de piedra. Las edificaciones que rodeaban el patio mostraban sus puertas y ventanas cerradas, y no se oía más sonido que el crujir de sus zapatos rompiendo el hielo al caminar. La entrada al patio era un espacio circular abierto en el muro, orientado al este y justo al punto exacto por el que asomó el sol. La línea del horizonte se tiñó de una luminosidad líquida e incandescente.
El joven príncipe cruzó el patio y cogió un cepillo. Con el extremo romo partió las delgadas placas de hielo y después barrió para apartar los fragmentos. El relincho de un caballo anunció la llegada del emperador, quien tiró de las riendas y detuvo al animal. El hombre se apeó junto a la puerta redonda. El color de su larga túnica
era del mismo color dorado que vestía al sol naciente, y el fulgor de su silueta al trasluz rivalizaba en fuerza con el astro rey. El soberano inspeccionó el terreno con ojo crítico y finalmente se detuvo en el centro del patio. Padre e hijo intercambiaron miradas y, sin decir nada, desenvainaron sus armas al mismo tiempo.
La luz danzó sobre el metal plateado, deslizándose por su superficie y destellando en la punta afilada. Ambos se posicionaron para iniciar el combate. El príncipe se agachó ligeramente, flexionando la pierna izquierda y extendiendo la derecha. Sujetó la espada en horizontal a la altura de su barbilla, con el codo izquierdo hacia fuera, el derecho hacia abajo y las manos cruzadas sobre el corazón. El emperador levantó la pierna derecha hasta que la rodilla le rozó el pecho. El brazo izquierdo, alzado, sujetaba la espada sobre su cabeza y el derecho permanecía extendido a un lado, con el puño cerrado y los dedos índice y corazón apuntando hacia arriba.
Sin mediar palabra, el enfrentamiento comenzó. El príncipe, sintiendo la energía fluir a través de su cuerpo, intercambió varios movimientos de espada con el emperador. Las hojas se cruzaron, se esquivaron y restallaron una contra la otra en
un baile ya ensayado miles de veces. Sus sombras se movían al unísono y el vaho de sus respiraciones se deshacía al entrar en contacto con el frío del amanecer. El emperador lanzó varias estocadas ofensivas seguidas que el príncipe logró desviar, haciendo girar su espada y la de su oponente, retrocediendo y cediendo terreno. Un pequeño pájaro, de plumas negras en la frente, blancas en la cabeza y verdosas en las alas, se posó sobre el arco circular de la entrada. El príncipe aguardó su oportunidad. Cuando la cadencia de los ataques se hizo más lenta y la siguiente estocada se demoró más de lo esperado, cambió su espada de mano y contraatacó por el flanco opuesto. El emperador sonrió fugazmente y repitió el gesto de su hijo, reanudando la danza de aceros. Las espadas chocaron y el pájaro, asustado, huyó volando. Con un grito marcial, el padre alzó los brazos y su hoja descendió con un silbido. Su hijo giró rápidamente, posicionándose donde el golpe ya no era peligroso. El arma sólo rozó el vacío. El emperador reconoció aquel movimiento, que él mismo le había enseñado tiempo atrás. El príncipe dio un paso más, curvo, y su adversario tuvo que dar la vuelta sobre sí mismo para encontrarlo. Al hacerlo, encontró la punta aguardándolo a un palmo de su pecho desprotegido. Inmóvil, como una sentencia paciente, velada por el silencio y la respiración contenida del contrincante que acababa de ser derrotado. El príncipe bajó la espada y le tendió la mano a su padre. A su soberano. A su maestro. El emperador aceptó su ayuda para incorporarse y envainó el arma mientras observaba a su heredero. La luz del sol, que parecía una pupila ardiente en el centro del espacio circular que daba acceso al patio, rodeaba su silueta con una aureola dorada.
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