Autoguardado | Ana R. J.
Parecía que Calíope me hubiera despertado con un beso aquella mañana. Me sentía ebrio de inspiración. Por fin, las palabras fluían. Casi que se escribían solas. No con seguía recordar otro momento de concentración semejante, escribiendo sin parar durante horas y absolutamente ajeno al mundo real. Las escenas que había estado imaginando en mi cabeza durante semanas cobraban vida en mis dedos a golpe de tecla. Era casi como si la historia no fuese mía y yo fuera únicamente un conductor, un puente, para transmitirla.
“Y a través de la fracturada piel de piedra, un resplandor surgió de su interior, la tiendo con fuerza entre las grietas de la primera fisura. El fulgor se hizo tan intenso que tuvo que apartar la mirada…”. Oí un zumbido apenas perceptible y súbitamente la pantalla del ordenador se apagó. Me quedé paralizado, con las manos suspendi das sobre el teclado. Un frío repentino me subió desde los pies hasta el cuello, como una enfermedad extendiéndose rápidamente. Notaba palpitaciones en las sienes, los oídos y la garganta. Un sudor gélido comenzó a extenderse a través de mi frente. —No… no, no, ¡no! ¡¡Mierda!!
¿Cuándo había guardado por última vez? Cerré los ojos e intenté acordarme, pero no lo logré. El autoguardado era mi única esperanza. Me levanté y fui al cuadro de luces a levantar el automático. Sentí las piernas un poco rígidas al andar y al regre sar al estudio advertí, perplejo, que el cielo sobre las colinas ya no era azul sino na
ranja crepuscular. El café que me había hecho por la mañana estaba intacto sobre el escritorio. Conteniendo la respiración, encendí el ordenador y abrí el archivo. Y se me cayó el alma a los pies cuando vi que el autoguardado más reciente era de dos horas atrás.
En la boca del estómago sentí una horrible sensación de vacío, como si un agujero negro se lo hubiera tragado todo… incluido el final de mi novela. Me miré las manos: habían dejado de ser instrumentos útiles para volver a ser sólo piel y huesos. Suspi ré, cerré el ordenador y le di un sorbo al café antes de acostarme.
El siguiente candidato era Simon, así que le otorgué mi bendición con un beso aque lla mañana. El efecto fue casi inmediato: el muchacho se levantó y fue a prepararse el desayuno. Mientras vertía el humeante líquido en la taza, los ojos se le encendie-
ron con ese brillo lúcido y apasionado característico de la inspiración desbordada. Acudió al estudio, encendió el ordenador y comenzó a escribir.
El joven era brillante, pero le faltaba constancia; trabajar únicamente durante las conjunciones del Sol con Venus no era una estrategia inteligente para el éxito. Lo observé desde las alturas, sintiéndome complacida por su respuesta ante aquel esta llido espontáneo de creatividad. Manejaba muy bien el flujo de imaginación, te cleando rápidamente a un ritmo casi febril. Ni siquiera probó el café, y quizás se hu biera olvidado de respirar si no hubiera sido un proceso fisiológico automatizado. Me recliné sobre una agrupación de cumulonimbos, me serví una copita de ambro sía y aproveché para arreglarme las uñas.
Quedaba media hora para el ocaso y Simon ya estaba terminando su novela. Bajé al plano terrenal y me senté en el escritorio frente a él para observarlo. Con un leve zumbido, la pantalla se apagó y él se quedó petrificado, con la boca abierta, los ojos desencajados y las manos asustadas. Lo vi temblar, sudar y maldecir. Sentí el páni co y la frustración escalando vertiginosamente, haciendo mella en él y apagando la llama viva de la inspiración que mi beso había prendido en su interior. El escritor reactivó la corriente eléctrica y regresó para comprobar cuánto trabajo había perdido. Pude apreciar cómo la decepción alcanzaba su punto álgido antes de convertirse en una demoledora indiferencia. El último rescoldo de inventiva se apa gó justo en el instante en el que se acostó, sepultado por la apatía. Durante un se gundo esperé a que se levantara, pero la coronilla de Simon desapareció bajo la manta. Desilusionada, taché su nombre de la lista e hice una anotación bajo él: care ce de compromiso.
—Otro genio más condenado por creer que la inspiración es suficiente —suspiré.
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