Andrés Pino | Unidos
Muchas veces le miro fijamente a los ojos y sé que en parte es todo culpa suya. No le soporto, y más de una noche he esperado a que se durmiese para estirar con fuerza del esternón que nos une, con la intención de separarnos para siempre. Pero es imposible. Nacimos pegados y moriremos pegados. Es difícil distinguir dónde empieza uno y termina el otro: dos cabezas, dos corazones, pero un único abdomen que hace que seamos uno solo.
Cuando todo nos podría ir bien y podríamos estar contentos, él siempre está taciturno, y me toca sacarlo del pozo y levantarle el ánimo únicamente para que no me estropee el día. Desde hace unos meses eso ya no funciona, por eso cada vez bebo más; bebo el doble con la esperanza de emborracharlo también a él, de que el alcohol corra por las venas de ambos y que sea capaz de relajarse aunque sea por un instante. Dios mío, si es que incluso cuando hace el amor con su mujer, noto la tensión de su cuerpo a través del mío y sé que no lo disfruta. Ni siquiera eso es capaz de hacer.
A veces cuando duerme le escupo a la cara, le maldigo en silencio y le deseo la muerte. Pero como eso no ocurre, sigo bebiendo hasta dormirme totalmente ebrio, abrazado a él sin poder alejarme ni un milímetro de mi problema.
Otra noche más que acaba durmiéndose borracho, abrazado a mí. Cada vez lleva peor nuestra situación. No me soporta, lo noto en su mirada, en sus gestos, en todo.
Me hago el dormido y con sus piernas y su brazo empuja el esternón que nos une. Me duele, pero no reacciono porque no quiero hacerle daño; ya sufre suficiente. Me escupe, y aunque noto su saliva resbalar por mi mejilla, sigo haciéndome el dormido mientras oigo cómo me insulta en susurros, me maldice y me desea la muerte.
Ojalá sus palabras se convirtiesen en realidad y me muriese. Deseo con todas mis fuerzas que eso pase, que yo muera y él pueda ejecutar nuestras últimas voluntades, y pueda llamar al doctor y separarnos y que él pueda hacer su vida en solitario tal y como lo desea.
Como cada noche, él se duerme empapado en alcohol y lágrimas pegado a mí y yo también lloro en silencio, preocupado por él y apenado por los dos. Y cuando el sueño me vence, nos dormimos juntos.
Me despierto con un frío extraño, noto su cuerpo helado abrazado a mí. Lo zarandeo fuertemente, pero no responde; le grito y le abrazo intentando despertarlo, pero no reacciona. Respiro hondo durante un instante y pongo mi mano en su corazón. No late, no bombea. Le grito de nuevo entre lágrimas y le abrazo. Una tristeza infinita me invade y tardo largo rato en reaccionar; no puedo dejar de mirarlo, de sentir esa parte de mí ahora sin vida. Me arrastro como puedo hasta el teléfono, llevando su cuerpo conmigo como un fardo, como un peso muerto.
Llego hasta el aparato, descuelgo y marco el número del doctor; sé que apenas tenemos una hora para separarlo de mí si quiero seguir con vida.
El doctor responde al otro lado de la línea, pero no soy capaz de contestar, no puedo articular palabra, solo puedo mirar a mi hermano fijamente a los ojos inertes, vacíos. Lentamente cuelgo el teléfono y con mi mano cierro sus párpados, y mirando sus ojos cerrados, cierro yo también los míos y le aprieto entre mis brazos con tanta fuerza que nos fundimos para siempre en un único ser, en un único cuerpo, ahora ya sí para toda la vida y para toda la muerte.
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