Amor eterno

Laura Gran

Pequeños diamantes hechos de agua golpeaban con ritmo el cristal, mientras mis ojos no podían contener la pasión cercenada que afloraba por salir. No te merecías ni un solo minuto de mi desoladora autocompasión. Era consciente. Y aun así…sentía que mi vida había dejado de ser mía cuando, en esta misma habitación y frente a esta ventana, me comunicaste tu decisión de tomar otros rumbos sin mí.

Estabas tan elegante como siempre, con ese jersey de cuello vuelto ajustado a tu pecho musculoso y con la indiferencia marcada a fuego en tus labios, esos mismos que hasta hacía bien poco me juraban el amor prohibido. Fuiste mi mentor; manipulaste la ingenuidad propia de mi juventud, y me convenciste de no ocultar mi forma diferente de sentir. «Tienes que dejar fluir tu personalidad.  Sé tú mismo, Raúl; el amor es libertad», me decías entre risas y caricias. Y yo te creí. 

 La lluvia había cesado. El agua formaba ríos descontrolados, que corrían en todas las direcciones por los cristales del ventanal. La calle brillaba esplendorosa bajo las luces de las farolas.  Abrí la ventana, y dejé que entrara el aire. Aspiré su frescor; su humedad me embargaba los sentidos. Me asomé y observé a la gente que, camuflada bajo paraguas multicolores, parecía flotar. Yo también me había escondido tras una personalidad que no era la mía. Y tuve que sufrir mucho, hasta que pude por fin liberarme de todos los prejuicios que convivían conmigo. Abandoné mi casa y a mi familia en busca de la vida que merecía, de la que tú me habías ofrecido, lejos de mi mundo conocido. Y fui feliz.

 La ventana será la salida de emergencia a mi desesperación. La misma que fue testigo de muchas de nuestras locuras hechas en nombre del amor, aquel que pregonamos a los cuatro vientos, indiferentes a las críticas de los demás. Formábamos un buen equipo. ¿Qué pasó, Marcos? ¿Algún día sabré la respuesta?

Mi vida sin tu amor no tenía sentido. La calle me compuso versos incomprensibles de desesperación, y atendí a sus plegarias. La ventana abierta, el ensordecedor ruido del tráfico, los estorninos con sus chillidos penetrantes; esa mezcolanza me atrajo hacia el abismo. Mientras mi cuerpo giraba en el vacío, solo veía tu rostro sonriente que me rechazaba sin piedad.  La velocidad del aire azotó mi cara, y mis sentidos no tuvieron el tiempo necesario para procesarlo.  Me estremecí ante la inmediatez del golpe en mi cabeza y por el crujido de los huesos quebrados.  Escuché el último suspiro de mi corazón roto para siempre. No hubo dolor físico; cuando volé de nuevo hacia arriba, el tiempo se había   ralentizado.  Al regresar a la habitación, era liviano. Mi parte física había quedado en el asfalto;  desde la ventana contemplaba incrédulo las ambulancias y los gritos de la gente alrededor de mi cuerpo inerte.

***

La puerta se abre, y apareces en la habitación; tu rostro es hermoso, a pesar de las profundas ojeras que lo entristecen. Coges una fotografía de los dos en una playa, y veo una lágrima furtiva que te delata. Te miro, pero no me ves; te hablo, pero no me oyes. Abres la ventana, y miras el asfalto. Tus manos se aferran a los marcos. 

¿Es dolor por mí? Dejaste muy claro que necesitabas un cambio, algo diferente, según me dijiste. Lo recuerdo muy bien. Te sientas en tu sillón preferido y sollozas con la cabeza entre las manos. Una barrera incomprensible nos separa en estos momentos. Me esfuerzo en sostener tu dolor a pesar de que yo fui la víctima del mío.