Amapola | Sandy Manrique
La visión de lo que sucedería ese domingo le desadormiló el cuerpo. El frío de la mañana la abrazó. Esta vez no sintió necesidad de regresar a la cama, el cansancio parecía haber desaparecido. La artista se plantó en su estudio. Habilitó su caballete mientras una polvareda jugueteaba con su nariz. Un brochazo rojo bramó que estaba de vuelta aunque no garantizara continuidad. Revivió el lienzo con una línea gruesa, imprecisa, que la hizo sonreír.
Pintaba en color rojo cuando le conoció, cuando sus ojos de amapola lo conquistaron, cuando juntos pensaron que se comerían al mundo. Sucedió lo opuesto. No habían pasado cinco años cuando sus gustos se habían mimetizado con los de la mayoría. Bebían café a raudales, y tenían trabajos convencionales para hacer ricos a otros. La vida dejó de ser lo que soñaban. Era lo que era. Pero hoy, recordando, ella se permitía pintar.
Pronto notaría que el lienzo del caballete era pequeño para lo que anhelaba plasmar. Se dirigió escaleras abajo y revolvió la bodega. Con movimientos enérgicos dejó salir dolores y frustraciones. Esta vez no le importaba el ruido. Haló una última vez y alcanzó el pliego sepia que cubriría el piso de toda la estancia, el que absorbería los colores, con quien tendría una conversación y con quien intentaría gritar hasta quedar vacía.
De seguro sus vecinos supondrían que había mudanza en su piso. Ella, callada y respetuosa parecía no existir en ese edificio. No esta vez, necesitaba espacio, para pensar y llorar sin prisa. Haces luminosos cruzaban la estancia cuando quedó totalmente vacía, ansiosa por recibir el mensaje. Nuestra protagonista se irguió de puntas en medio del cuarto, miró al techo tratando de absorber la fuerza necesaria para cumplir su meta que hoy la hacía sentirse ligera.
Inició su obra en la esquina inferior izquierda. Ideó contar la historia en espiral, episodios de su vida en el orden que el corazón lo sintiera. Dibujó con grafitos a una niña de cabello corto y desordenado, con la mirada lánguida y tizas de colores en las manos. Estaba sentada mirando una puesta del sol casi perdida en un conglomerado habitacional.
Los dibujos en lápiz se sucedieron. La retratada diciendo adiós con la mano a alguien a quien no le distinguimos el rostro. Se trata de una mujer, quizá su madre o su abuela. Luego dibujó una playa, la niña y una amiga sentadas una junto a la otra frente junto a una fogata. En la siguiente imagen, un hombre de cabello largo miraba a su amiga. Se abría el espacio para una tumba, un epitafio breve. “Aquí descansas, estrella fugaz”.
En la línea de tiempo ahora hay tonos pasteles. Una pareja en una mezcla jubilosa de colores. Chispas desbordándose en estado de novedad y gozo. Con marcadores brillantes agregó a un par de pequeños. Ahí se entretuvo retratando cada uno de los detalles del rostro de sus hijos que prefería. Igual los hoyuelos de sus mejillas que la flexibilidad perfecta de sus rodillas mientras jugaban en el suelo.
Y plasmó su vida como la recordaba, cubierta de flores, hojas selváticas, conejos y ardillas. Lo hizo con lentitud. Hablando entre dientes con cada una de las partes de su obra. Hablaba parar mantenerse ocupada y dejar de dolerse.
Entonces lo entendió. Bosquejando un jardín de amapolas comprendió que no había que contar puntualmente, no había de preocuparse por si la entendían. Había que dejar correr la brocha escarlata, dejarla mezclarse con tonos vinos, óxidos, en una explosión de vida y muerte. En un momento de expresión sublime que quizá nadie vería. No se detuvo hasta que siete amapolas cubrieron la parte derecha superior. Amapolas egregias, desafiando su vida gris.
Cuando el cansancio la derrumbó sobre su obra era las 00:00 horas. En un largo lienzo dejaba las señas de su vida para guardarla antes de que la fuerza que regresó a ella por un día se agotara sin remedio. La brocha cayó al suelo. La artista estaba postrada, pero por dentro se había vuelto infinita. A veces, cuando se pone punto final a aquello que siempre se ha querido decir, el cuerpo puede descansar y perderse en puntos cuánticos.
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