Adelina en apuros

Vicente Nadal

En un reino no tan lejano, la hermosa doncella Adelina recibió una invitación; enseguida la leyó en voz alta: «¡El rey de la comarca del hielo organiza un baile!». Exclamó con alborozo: «¡Voy a conocer al príncipe! ¡Debo prepararme!».

 

El reino pasaba por una sequía terrible, pero más terrible era cómo olía Adelina. Hacía tanto tiempo que no se duchaba por la falta de agua que tenía el pelo enredado y sucio, igual que su ropa y toda ella. «Ojalá que el príncipe esté resfriado», pensó como último recurso.

 

Adelina trató de disimular su mal aspecto con un vestido precioso que tenía guardado en el fondo de su armario; pero ¿qué hacer con el pelo estropajoso?

Se lo arregló con gomas de colores y apreció frente al espejo:

«¡Tachán!  Es un peinado moderno, ¿no?».

Llamó a un hada madrina a domicilio; pero, entre los incendios y la tala de los bosques, los vientos eran tan fuertes que se le había caído su varita mágica, y no se había atrevido a bajar.

«¡Qué bien! Al menos tengo la varita para dos trucos. Necesito una coliflor», pensó. 

Con la sequía, todas las verduras estaban mustias, pero no le importó. Pensó: «Esta me servirá». Agitando la varita sin parar, pronunció: «Zas cataclás, en carruaje te convertirás».

Al verlo, reflexionó: «Parece una hamburguesa con ruedas. Pero ya es algo. Y ahora, a por los caballos».

 

Como en el reino acumulaban mucha basura, Adelina pronto encontró unas ratas. Eligió las dos menos asquerosas, y las convirtió en dos elegantes caballos: uno azul celeste, y el otro color calabaza.

 

Por fin, la aspirante a princesa salió hacia el baile. Estaba casi contenta porque ese día empezó a llover. Y dijo a los caballos: «No os preocupéis; por lo menos con el agua van a crecer las plantas y la hierba para que podáis comer en abundancia». Una fuerte ráfaga de viento le quitó el paraguas, y exclamó: «¡Mi peinado!».

 

Enseguida, la refrescante lluvia se convirtió en una tormenta terrible, y el camino se empezó a inundar. El agua seguía cayendo. La hermosa montaña de hielo (donde vivía el príncipe) se derretía empeorando la inundación. La desdichada Adelina gritaba sin parar: «¡Nooo!…Yo quería ser una princesa, ¿por qué pasa todo esto?».

 

Adelina no sabía qué hacer. Lloraba desolada. Pero lo cierto es que nada se podía hacer en su mundo.

 

Entonces, me interrumpió Anita, mi nieta:

─Por favor, abuelo, eso está mal. El príncipe la tenía que salvar.

─Sí, pero fue calcinado por un rayo… ¿no te lo dije? ─repliqué.

─Seguro que hay una bruja que hizo todo eso para que Adelina no fuera princesa; tiene que ser un monstruo horrible.

─Sí, Anita; el monstruo del cuento se llama calentamiento global: provoca sequías, inundaciones, hace imposible vivir. ¿Sabes qué?, también está en nuestro mundo, y cada día es más poderoso.

─No me gusta. Es horrible. Yo quiero que el príncipe se case con Adelina, que haya conejitos y flores. ¿No podemos luchar contra ese calentamiento?

─Bueno, para que el monstruo se aleje tanto del mundo de Adelina como del nuestro, hay que hacer algunos cambios.

─Entonces, ¡nosotros somos los héroes! ─aseguró Anita─. Hay que hacer la vida imposible a este monstruo horrible. ¿Por dónde empezamos?

─Tenemos que usar menos la electricidad. Por ejemplo, usar el viento y el sol para tener energía ─respondí convencido.

─Eso es genial, me gusta.

─Hay que producir menos basura y reciclarla para que no contamine y sirva de algo. También, cuidar el agua y no usar tanto los coches porque contaminan mucho, lo mismo que el humo tóxico de algunas fábricas.

─A mí la bici me encanta. ¿Qué más? ─insistió Anita.

─Hay que consumir y exigir leyes que cuiden a nuestro planeta y a sus habitantes.

─En serio, abuelo, ¿podemos salvar al mundo?

─Solo los humanos podemos crear una magia tan poderosa que pare al calentamiento. Así, cuidaremos la tierra, los ríos, los conejitos y las flores que tanto te gustan.

─Sí, abuelo, ese es el final que yo quiero en el cuento de Adelina y para nuestro mundo, también.

─Lo mismo quiero yo para ti, Anita. ¿Lo volvemos a leer? ─Respiré hondo y comenzamos otra vez.