LeMo

A escondidas

Ruperto, mi socio, me acapara con su conversación; a decir verdad, no sé lo que me está contando. Miro el reloj de reojo.

 

Llegas tarde… Todos los empleados están en su tercera copa. Las conversaciones son mundanas; sin ti, el tiempo parece dormido. Miro hacia arriba; la puerta de la entrada se abre: ahí estás, aún más preciosa que de costumbre. Tu recogido deja ver tu nuca. “Me gustaría posar mis labios sobre ella”, pienso. En ese momento se me escapa mi copa de las manos y explota en el suelo en mil pedazos. Te miro y veo en tus ojos que estás desolada por lo ocurrido: mi blusa está llena de Bloody Mary. Corres escaleras abajo a mi socorro, aunque con esos tacones vertiginosos la tarea parece complicada.

Ruperto me ayuda a recoger los cristales rotos que se encuentran esparcidos por el suelo. Según te acercas, atrapas una servilleta que se encuentra a tu paso, la humedeces con el contenido de una botella.

 

—Tome, dicen que el agua con gas quita todas las manchas.

—Muchísimas gracias, pero creo que la salsa de tomate no partirá con facilidad.

—¿En qué estabas pensando, Aitana? ¡Últimamente estás en babia!—exclama Ruperto.

—No sea tan duro con ella; es que el estrés de fin de año la está afectando. Si quiere, señora Aitana, le puedo indicar dónde se encuentra la ropa de repuesto.

—¡Tienes la mejor secretaria del mundo, la más precavida! Anda, vete a cambiarte con ella; no puedes quedarte así.

 

Sé perfectamente dónde están las camisas de repuesto, pero me hago la inútil a la que tienen que asistir en todo. Saber que me voy a quedar a solas contigo me parece más que un buen plan; es una suerte predestinada.

 

                                                       Ángela

 

Siento cómo laten agolpados mis latidos a medida que nos alejamos de la fiesta; el mero hecho de pensar que me voy a quedar (por fin) a solas contigo me llena el cuerpo de adrenalina. Siento tus señales, pero a la vez tengo miedo de que me confunda con mis deseos. Tú eres mi jefa “soltera”, pero mi jefa de todos modos, y yo soy tu secretaria. La empresa prohíbe relaciones entre empleados y directivos pero ¿y si pasamos por alto algo tan evidente como nuestra atracción? Si estuviéramos hechas la una para la otra, si no hubiera nadie en este mundo que encajara en este puzle que es nuestra relación, ¿deberíamos privarnos de esta certitud?

 

El cuarto donde guardamos la ropa está al final del pasillo; ya no oímos la música. Sabemos lo que esto quiere decir: estamos a solas. Abro el armario y te ofrezco una camisa. Me la coges de las manos y a la vez me robas una sonrisa de mis labios. Muestras unos instantes de vacilación; giras tus piernas, pero tu busto se queda inmóvil. Con una mueca de tus labios percibo que estás dubitativa: no sabes si quedarte únicamente con tu muda es apropiado. Me doy la vuelta para que lo hagas sin mi mirada.

—Ya estoy, ¿cómo me queda?

—Perfectamente; yo diría que le queda mejor que la otra.

En ese preciso instante en el que mi boca pronuncia la última palabra, das un paso hacia mí; me rozas las manos con las tuyas y de la manera más inocente estiras tu cuello y me besas. Un beso a la vez intenso y comedido: siento la incertidumbre de tu gesto y, para que no te sientas mal, yo te premio con un segundo. Nuestros cuerpos se enlazan en uno solo; mi corazón late al son del tuyo. Quizás sea el único momento que pasemos juntas; lo sabemos, y por ello hacemos que este instante se alargue sin que quede sospechoso.

 

Aitana

 

Volvemos a la fiesta en dos tiempos; tú te quedas en el servicio, y yo voy directamente.

Nadie, aparte de Ruperto, parece haberse dado cuenta de nuestra ausencia.

—¿Dónde está Ángela?

—Creo que se ha ido al baño; ya sabes…

Vuelves al evento, pero no te acercas: te mezclas con los otros empleados… Te sigo con la mirada; tú me correspondes entre tímidas sonrisas intercaladas mientras, obviamente, haces pensar a tus compañeros que te interesa lo que están contando.

Y así pasamos la primera de muchas veladas a escondidas.