La luz blanca incidía de forma cenital sobre los viales de la gradilla, iluminando su
contenido de un púrpura transparente. La doctora los contempló un instante,
leyendo las etiquetas. C-2, C-23, C-40. Un gimoteo interrumpió el zumbido
constante de la ventilación.
—Tranquiiilo, Kyl, que ya mismo sales.
Se decidió por el vial C-23. Atravesó el tapón de goma con la aguja y llenó la
jeringa. Encendió el ordenador y también la cámara que tenía sobre la mesa para
comprobar que retransmitiera correctamente. Después, acopló la cámara al arnés y
se dirigió a la puerta de la jaula. Desbloqueó el seguro apoyando la mano en el panel
biométrico de la entrada.
—Ven, cariño. Quédate quieto.
El sujeto obedeció. Se quedó inmóvil, gruñendo entre dientes y respirando de forma
agitada, mientras la doctora le colocaba el arnés con la cámara alrededor del pecho.
Le acarició el pelo. Al verla sacar la jeringuilla del bolsillo de su bata, se puso en
tensión. La mujer le agarró con fuerza la nuca justo antes de inyectarle el compuesto
morado en el cuello. Luego retrocedió con rapidez.
Salió de la jaula y cerró la puerta con el bloqueo de seguridad. Se sentó frente al
ordenador e introdujo un código numérico, ignorando los gruñidos y jadeos que
procedían del interior. En la pantalla apareció un contador marcando la cuenta atrás
de un minuto. Se giró en la silla y observó. La criatura dejó de enseñar los dientes.
Después paró de temblar. Finalmente se quedó completamente quieta. Lo único que
se movía era su pecho, subiendo y bajando al ritmo de la respiración. La compuerta
del otro extremo de la jaula se abrió cuando el contador llegó a cero. Y entonces
salió corriendo.
La doctora se dio la vuelta y maximizó la ventana de retransmisión. Kyl corría a toda
velocidad a través del túnel. Las paredes curvas de hormigón oscilaban levemente al
ritmo de sus movimientos y el micrófono captaba el chapoteo sobre el suelo
encharcado. La oscuridad se disipó en cuestión de segundos y el paisaje se dibujó en
la pantalla. A lo lejos, bajo un cielo nocturno, brillaban unas luces.
La imagen descendió hacia el suelo durante un instante. Luego se elevó bruscamente
hasta recuperar el horizonte y el sujeto retomó la carrera. En poco tiempo, las luces
dejaron de ser manchas y comenzaron a tomar forma. Un enorme letrero iluminado
apareció sobre los surtidores de una gasolinera. La luna parecía una farola más. Kyl
aminoró la marcha conforme se aproximaba. La doctora se inclinó hacia la pantalla
cuando se detuvo de repente.
La puerta automática de la tienda se abrió y salió un hombre con una bolsa en la
mano. Giró hacia la derecha en dirección a un coche aparcado en un lateral. La
cámara comenzó a moverse de nuevo, detrás de él. De repente, se bamboleó
violentamente. Se oyó un grito. La bolsa cayó al suelo. El hombre también. Golpes
contra el asfalto. Respiración agitada, gruñidos, jadeos. La sangre salpicó el objetivo
y el mundo volvió a quedarse inmóvil. La imagen se volvió nítida para mostrar un
cuerpo inerte.
Se oyó un llanto. La cámara giró y se acercó al coche. Unos dedos ensangrentados
agarraron el tirador de la puerta y la abrieron. Dentro del vehículo había un niño
aterrorizado. Las manos desabrocharon el cinturón de seguridad. Después, le
agarraron la ropa y tiraron de él para sacarlo del asiento trasero. La doctora apuntó
algo en una libreta.
—Kyl, vuelve conmigo.
Las manos soltaron al niño en el suelo. El sujeto se dio la vuelta y la cámara volvió a
oscilar durante el camino de regreso. La doctora dejó de mirar a la pantalla y se
puso de pie. Cogió un bote de plástico, sacó una gominola morada y esperó junto a
la jaula vacía. Cuando Kyl llegó, la compuerta se cerró a sus espaldas. La mujer abrió
la celda y entró.
Le introdujo la gominola en la boca y le acarició el rostro. Sonrió.
—Buen trabajo.






