«Para calibrar el telescopio hay que aguantar la respiración. Así no te tiemblan las manos». Eso te dijo tu padre aquella noche cuando subisteis a ver las estrellas. Ahora lo recuerdas mientras extiendes la mano derecha, cubierta con un guante de nitrilo azul, y dices «bisturí». Colocas la mano izquierda en el centro del pecho del paciente y con la derecha, todavía conteniendo la respiración, haces una incisión en la piel. La sangre brota despacio, oscura y densa. Tus ayudantes separan los tejidos. Sus movimientos te parecen mecánicos, sin sentimiento, y recuerdas que, cuando tú estabas en su lugar, intentabas tratar con mimo esa carne caliente. Pero eso fue al principio. Después de horas de quirófano ya la tratas como si fuera un filete. El sonido de la sierra quirúrgica dividiendo el esternón te saca de tus pensamientos: huele a hueso quemado; no te acostumbras a ese olor. Entonces, el corazón aparece ante ti, imponente, marcando el ritmo a cámara lenta: bombea, bombea, bombea. La primera vez que viste un corazón fue en clase de biología y era de cordero. Tu madre lo compró en la casquería para ese experimento del instituto y tus compañeras gritaron cuando se lo acercaste a la cara. Era mucho más pequeño que el que tienes delante.
Cortas los dos milímetros del pericardio: el bisturí ni siquiera acaricia la superficie del corazón y sonríes bajo la mascarilla. Colocas las cánulas en los vasos sanguíneos, después, te aclaras la voz e indicas que conecten la circulación extracorpórea. El zumbido de la máquina se instala en tus oídos. Administras la solución para que el corazón del paciente deje de latir. Ahora sabes con certeza que ese pum, pum que oyes solo viene de tus sienes. Es hora de abrir la cavidad cardiaca y lo haces a través de la aurícula izquierda. No sabes por qué, pero en tu cabeza está sonando la canción del verano pasado. No te importa, hasta te relaja, mientras sigues cortando despacio. Lanzas una mirada al reloj de pared. Los números en rojo, con los dos puntos parpadeando sin cesar, indican que llevas tres horas allí. Retiras la válvula dañada y colocas los puntos de sutura. Coses las fibras con cuidado, revisando que quede perfectamente sellado, punto a punto. Quitas los pinzamientos vasculares y ocho pares de ojos contenéis la respiración esperando que no haya sangrado. Das la orden de que pueden desconectarlo de la máquina y compruebas que el corazón bombea por sí solo. Se te aflojan las tripas y el cuello. Hay buen ritmo cardiaco, en el paciente y en ti. Ya solo te queda colocar los drenajes, unir el esternón y cerrar los tejidos. Coges aire lentamente, no quieres echarlo todo a perder en los últimos pasos.
Al cabo de un rato abres y cierras rítmicamente los dedos de la mano derecha, sientes calambres en los gemelos después de pasar cinco horas de pie. El anestesista se quita el pijama, lo arruga y lo echa en el cubo de basura. Después te da una palmadita en la espalda y te dice «Hasta mañana». No contestas, solo levantas la cabeza a modo de saludo porque si abres la boca sabes que te va a temblar la mandíbula, y comienzas a desvestirte: el gorro, los cubrezapatos, el pijama…pero te dejas la mascarilla. Te la dejas hasta que te encierras en el cubículo del baño y, por fin, puedes respirar: hinchas los pulmones, resoplas, agitas los brazos y lloras. Lloras con un nudo en el pecho y otro en la nariz intentando no hacer ruido. Lloras ahora para no llorar al teléfono cuando se lo cuentes a tu padre: acabas de realizar tu primera operación a corazón abierto.






