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Dentro | Noelia Cuadrado Sánchez

Apagó la pantalla del ordenador y deseó hacer lo mismo con su mente. Cerró los ojos, dejándose caer sobre el respaldo de la silla. Era incapaz de olvidar esos vídeos de cuerpos violentados, usados como objetos, sin consentimiento, por aquellos hombres, quienes no solo en la teoría debían amarlas y respetarlas: maridos, novios, amantes.

Había insistido a sus jefes en que le adjudicaran el reportaje. Para ella, no solo era un reto: destapar la mayor red de internautas dedicada al adoctrinamiento e incitación a la agresión a mujeres bajo sumisión química. Además, sentía que, desde su posición en uno de los medios de comunicación con mayor repercusión, era su deber.

Llevaba semanas infiltrada, trabajando en paralelo con un grupo de psicólogos. La ayudaban no solo a preparar su personaje de hombre promedio en ese tipo de delitos, sino también a cuidar su salud mental. Ese fin de semana había decidido salir, airearse, ver a la familia. Dado el impacto y confidencialidad del caso, los tenía algo abandonados últimamente. Ese domingo era el primero que se iban a juntar después de la jubilación de su padre.

Prendió una vela de lavanda mientras sonaba Guerrera, de Valeria Castro, y se metió en la ducha. Dejó que el agua le cayera desde lo alto, inmóvil. Cerró los ojos, y sus lágrimas se fundieron con la lluvia cuando cantó “Grita a viva voz, que no hay para microfonía”.

De camino, en el coche, su madre la llamó: parecía algo impaciente por verla. En ese momento, sonó el móvil del trabajo: un nuevo vídeo había sido agregado al canal de agresores. Cortó la llamada, y se desvió en la primera salida. En el arcén, lo reprodujo: alguien hablaba sobre la dosis exacta para sedar a las víctimas. Destacaba la importancia de no sobrepasarse, o habría peligro de muerte. “¡Que considerados!”, murmuró con una mezcla de ironía y asco.

Lo reenvió al equipo de agentes con los que colaboraba. Otro video más de monstruos con voz distorsionada. Al verlo de nuevo, algo llamó su atención: durante un momento fugaz, se veía la mano del individuo. Un anillo, una especie de sello de oro, hizo que sus ojos se ampliaran al máximo. Tenía un escudo grabado… no se distinguía bien. Capturó la imagen y la adjuntó al envío.

Al llegar, se tomó unos segundos en el coche para respirar hondo antes de entrar. Reto 340: Todo menos eso. Noelia Cuadrado Sánchez

― ¡Hola, cariño! Menos mal que has venido: no hay quién soporte a tu padre… ¡La que me espera ahora con tanto tiempo libre! ―Su madre le dio un cálido abrazo.

― ¡Venga, que esto frío no sabe igual! Tienes mala cara, ¿mucho trabajo? ―Su padre se apresuraba a colocar la paella sobre la mesa.

―Prefiero no hablar de eso… ¿Qué tal los primeros días como jubilado? ¿Echas de menos la clínica ya?

Cuando su padre le tendió el plato, ella se quedó petrificada. Su madre fue consciente de lo que observaba, aunque no conociera las razones.

― ¿Has visto el regalazo que le han hecho sus compañeros? Para que siempre lleve un recuerdo de ellos ―comentó su madre mientras él estiraba la mano hacia su hija.

Era un sello de oro, con el escudo de la clínica grabado. La foto volvió a ella como un flash. “¿Estás loca? ¡Es imposible! Casualidad…”, pensó.

― ¿No te gusta la paella, hija? ¿Te preparo otra cosa? ―preguntó su padre al ver que miraba la comida fijamente.

―No… no… está bien ―contestó, sin saber si era una respuesta o una argumentación interior.

Durante el postre, sacó el móvil del bolso y abrió la imagen: quiso percibirla más borrosa. Lo guardó. Un par de minutos después, lo tomó de nuevo. Decidió lanzar una pregunta al grupo, en respuesta al video recibido. Aquel pitido rajó algo en sus entrañas. Su padre se llevó la mano al bolsillo, pero se detuvo. Repitió la jugada. Volvió a sonar. “Voy al baño”, se disculpó él.

Al levantarse, sus miradas se cruzaron unos segundos. El ceño de su padre se curvó. Los ojos de ella ardían. Quería equivocarse. Deseaba con fuerza poder leer su mente, la de aquel por quien hubiera dado la vida mientras él… ¿jugaba con ajenas?

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