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Óscar López | Dos Rafas, un destino

Ahora

Rafaela contempla, fascinada, su cuerpo desnudo en el espejo. Tiene  barriga cervecera y un matojo de vello negro que le cubre el torso, salvo las  cicatrices que dejaron las balas. Pero los pechos nuevos son de anuncio. No se  cansa de manosearlos: le han devuelto la autoestima y, de paso, han  reactivado su vida sexual. Las vueltas que da la vida: hace unos meses se  desangraba en una ambulancia y ahora su mayor preocupación es que no le  crezca el bigotillo. 

Oye girar la llave en la cerradura.

—Cariño, soy yo —dice Manuela—. Te he comprado cerveza y la crema  para depilar el bigote.

Tres meses antes

Manuela camina en círculos por la sala de espera, intentando ocultar la  angustia. Las puertas batientes se abren y sale un cirujano. Si la bata fuese  blanca, a Manuela le parecería un ángel.

—¿Es usted la mujer de Rafael Martínez?

—Sí, pero no es Martínez —aclara—. Es Martín.

—El apellido es lo de menos —dice el médico, sonriendo, mientras revisa  con disimulo la ficha del paciente—. La operación de cambio de sexo ha sido  un éxito. Tendrá que tomar hormonas y le crecerá el vello, pero nada que el  láser no arregle. ¡Felicidades!

Manuela parpadea.

—¿Cambio de sexo? Rafa solo quería quitarse unas cicatrices… El médico se rasca la cabeza.

—Minucias… No pasa nada: aquí, salvo la muerte, todo tiene arreglo; lo  demás se depila.

López / Dos Rafas, un destino / 2

Un día antes

A Rafa la comida del hospital le sabe a cartón mojado. Por capricho del  destino comparte habitación con otro Rafa que, a diferencia de él, devora el  puré soso como si fuera un manjar.

La enfermera jefa entra acompañada de una joven en prácticas más  pendiente del móvil que de sus instrucciones.

—Ojo, Pamela: dos pacientes con idéntico nombre y la misma hora de  quirófano. Para no cagarla: pegatina verde al de la izquierda, roja al de la  derecha. ¿Entendido?

—Clarísimo —asiente Pamela, sin levantar la vista.

Cuando llega el momento de pegarlas, duda un segundo. ¿Rojo y verde?  ¿O verde y rojo? La indecisión se esfuma en cuanto pita WhatsApp.

Seis meses antes

La ambulancia se abre paso ululando entre coches. Dentro, Rafa se  desangra. El sanitario aprieta gasas y canta el parte como si estuviera en el  bingo:

—Múltiples orificios de bala en tórax y abdomen. Constantes en rojo.  Parada inminente… —Golpea la mampara—. ¡Acelera, Paco, o lo perdemos! —¿Por qué han disparado a mi osito peludo? —solloza Manuela—. No  tiene enemigos. Se mata a trabajar…

Solo le responde el eco de la sirena.

Quince minutos antes

—¡El timbre! —grita Manuela.

—¿No puede abrir Laura? ¡Estoy con la lasaña!

—Está reconciliándose por teléfono. Abre tú. Será Amazon.

El timbre martillea. Rafa abre con el delantal manchado de salsa de tomate.  Al otro lado hay dos hombres siniestros, vestidos de negro: uno con una  cicatriz que le cruza la cara y otro al que le faltan varios dedos en ambas  manos.

—¿Rafael Martínez? —pregunta el de la cicatriz.

—Sí, aunque en realidad mi apellido es…

No le dejan terminar. En vez de un paquete, sacan pistolas.

López / Dos Rafas, un destino / 3

—El Pecas te envía saludos desde el talego, chivato.

Y aprietan el gatillo.

Cinco minutos antes

—Es aquí —dice Dos Dedos, tras comprobar el portal—. Para. Los sicarios aparcan en doble fila, encienden los intermitentes y plantan un  cartel de movilidad reducida en el salpicadero. Se apean y entran con paso  firme en el número 16.

La víspera

Tras el cristal de visitas de la prisión, El Pecas susurra órdenes por el  auricular.

—El soplón se esconde en Salamanca, 16, bajo A. Ya sabéis lo que tenéis  que hacer.

—Dieciséis —repite Dos Dedos para no olvidarlo—. Entendido, jefe. Por fin algo de acción.

La noche anterior

Laura discute con su novio en el portal.

—No me explico cómo han llegado esas bragas hasta mi coche —dice él. —Eres un cerdo. Hemos terminado.

Laura sube las escaleras llorando. Él descarga su frustración golpeando con  rabia la puerta metálica. La bombilla parpadea; el número «19» tiembla. El  nueve se suelta, gira y queda del revés, colgando como una sonrisa torcida. Desde la calle, ahora parece un «16».

El novio se aleja mascullando: mañana se queda sin lasaña. Qué faena.

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