Una historia real

Ángeles Muñoz

Un día cualquiera del mes de septiembre, me encontré con mi amiga Ana.

Hola, ¿qué tal estás? ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Qué estás haciendo ahora? Seguro que mil cosas, conociéndote.

No creas; este año no he encontrado una actividad nueva para completar mi horario.

No me digas. Yo sé de algo que tú puedes hacer, y te lo pasarás genial; además, estaremos juntas.  Apúntate a clases de guitarra.

¡Pero qué dices! Ni se me ha pasado por la imaginación. Además, hay varias cosas a tener en cuenta: primero, no tengo guitarra; segundo, no sé ni por dónde se coge ese instrumento; tercero, tengo un oído malísimo.

Eso es pequeña minuta. Yo te dejo la guitarra de mi hija Macarena, que está trabajando en Suiza como enfermera. Te vienes conmigo al Centro de Mayores; no sé si te lo he dicho: tenemos un profesor que es cubano y lleva la música en la sangre. Además, tiene más paciencia que el santo Job.

Yo no estaba muy convencida pero, ante la insistencia de mi amiga y ya que no tenía otro proyecto en marcha, decidí empezar una nueva aventura. 

El profesor, realmente, lo explicaba todo muy despacio, tal como había dicho Ana. El curso era para acompañar canciones, así que teníamos que cantar y tocar. Las primeras melodías eran rancheras; por lo visto, son las más fáciles de ejecutar y a la vez son divertidas, y da la impresión de que lo haces muy bien.

Aprendimos unas cuantas notas musicales; me fui animando y, al final, di mis primeros pasos con el solfeo.

El problema más acuciante era que, para ir al Centro de Mayores, tenía que coger el autobús, que era para mí un gran impedimento: no suelo coger este transporte para casi nada. Siempre he tenido todo cerca de casa, por lo cual no lo he necesitado.

Un día, de mañana, me preparé para ir a mi clase de guitarra. Me cargué con el instrumento a la espalda (benditas las fundas de guitarra para llevarlas en la espalda).  Tengo que confesaros que mido un metro cincuenta centímetros. Si me miras de espalda, solo se ve la funda. 

Emprendí el camino hacia la parada del autobús. Cuando llegué, esperé pacientemente a que llegase el transporte. Al llegar este, al subirme, un señor con voz de trueno me preguntó: “Señora, ¿no le interesaría tocar la flauta en vez de un instrumento tan grande?”.  Qué vergüenza… no sabía dónde meterme. La verdad era que, en un lugar como ese tan reducido, era poco menos que imposible esconderse en algún lado. El resto de los pasajeros empezó a reírse y a hacer comentarios con la ocurrencia que había tenido el susodicho.

Estaba roja de vergüenza, deseando llegar a mi parada. Intenté no mirar a ningún sitio, con la cabeza baja, para no ver nada de nada.  Notaba las caras de guasa de la gente; procuré bajar los peldaños muy despacio para evitar una caída, lo cual hubiera sido tremendo. A la gente le encanta machacar a la víctima caída. En este caso, yo misma.