Los sábados, antes de las diez, Marcos sacaba el carro mientras Irene buscaba la lista en el bolsillo
pequeño del bolso. Aquella mañana la encontró a la primera.
—Fruta —dijo.
—Siempre empezamos por la fruta.
El carro tenía una rueda que tiraba hacia la izquierda. Marcos lo enderezó con la rodilla y
avanzaron.
Irene escogió cuatro plátanos, dos manzanas y una bandeja pequeña de uvas.
—Coge la grande. Sale mejor de precio.
—Se acabarán estropeando.
—A ti te encantan.
Las uvas le daban acidez desde hacía dos años. Se lo había explicado más de mil veces.
Irene dejó la bandeja pequeña en el carro.
Cogió media docena de huevos.
—Lleva doce —dijo Marcos—. Total nos los comemos.
—Con seis basta.
—Siempre cogemos doce.
Irene tachó los huevos de la lista sin cambiar la caja.
En los refrigerados, Marcos alargó la mano hacia los yogures de limón.
—Esta semana no.
—¿Otra vez estás con lo del azúcar?
—No me apetecen.
—Siempre te da por algo.
Marcos cogió un paquete de naturales y otro de limón.
—Estos caducan el jueves —dijo Irene—. Ponlos delante cuando lleguemos.
—Nunca llegan al jueves.
En la sección de conservas, ella añadió tres latas de aceitunas rellenas de anchoa. A Irene le daban
asco.
—¿Qué celebramos? —preguntó Marcos.
—Nada.
En los congelados, Irene se detuvo frente a las tartas.
—¿Cojo la de whisky?
—No, que a ti no te gusta.
—Ya, pero siempre acabas comiéndotela tú entera.
Marcos sonrió.
—Eso también es verdad.
Fue él quien la metió en el carro.
Mientras Irene comprobaba la lista, Marcos se entretuvo comparando dos bolsas de patatas fritas.
—Tenemos que coger pilas para el mando —dijo ella—. Las del cajón están gastadas.
—Sí, tienes razón.
Como siempre, había reconocido su voz sin escuchar las palabras.
Dos pasillos después, Marcos se detuvo.
—¿No teníamos que coger pilas para el mando?
—Te lo he dicho antes.
—¿Cuándo?
—Mientras mirabas las patatas. Has dicho que tenía razón.
—Ah. Es que si me hablas cuando estoy concentrado en otra cosa, no me entero.
Dos bolsas de patatas.
Irene cogió las pilas y las dejó junto a la tarta.
Fue ella quien recordó el detergente. Eligió el azul y lo colocó de pie para que no se derramara.
—Con medio tapón basta.
—Ya sé poner una lavadora.
—Llenas el tapón entero.
—Sí, mamá.
No soy tu madre. Se lo había dicho tantas veces que negarlo ya formaba parte de la broma.
En el pasillo del café, Irene siguió caminando.
—El café —le recordó Marcos.
—Ya está.
Él vio un paquete en el fondo del carro y continuó empujando.
Delante de ellos, en la caja, un hombre colocó sobre la cinta una barra de pan, una lasaña individual,
dos yogures y una botella pequeña de vino.
—Ese vive solo —dijo Marcos.
—¿Cómo lo sabes?
—Se nota cuando alguien compra para uno.
Irene adelantó el carro.
Cuando la cajera pidió la tarjeta del supermercado, la sacó de su cartera y se la entregó a Marcos.
—Guárdala tú.
—Si siempre la llevas tú.
—Métela detrás del carné de conducir.
Al llegar a casa, dejaron las bolsas sobre la encimera. Marcos empezó a guardar la compra mientras
Irene doblaba las bolsas vacías, alisándolas con la palma.
Él sacó el último paquete. Era su café.
—Te has olvidado del descafeinado.
Irene dobló el recibo por la mitad.
—No se me ha olvidado.






