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Una buena herencia | Ana Fortuny

Una buena herencia | Ana Fortuny

Otto Pereiros se entendía bien con los animales. A sus veinte años ocupaba la celda 134 del Centro de Internamiento Concéntrico. Acababa de cumplir los diecisiete cuando llegó, e inició el ritual de alimentar a las palomas que de vez en cuando aterrizaban en el patio de recreo. Las aves le hacían la corte y él las mimaba con la mitad del pan de su desayuno. Su consentida era Cándida. Así le había puesto a la paloma blanca con patas rosadas, la más dócil. Una mañana su compañero de litera la atrapó, le retorció el cuello y la desplumó para comérsela. Otto limpió la sangre del suelo con la manga de su uniforme y se prometió no volver a alimentar a ningún pájaro.

Habían pasado varios meses desde aquel incidente cuando Otto notó la presencia de otro alado. Si la luz caía en el ángulo exacto, sus plumas reflejaban un brillo azulado. Si no lo hacía, eran negras, muy negras. Caminaba con aire decidido, con un balanceo ligero y sin temor. Dos cuentas amarillas, frías y alertas registraban cada detalle, cada gesto humano, como si midiera a quien lo miraba. Cuando extendía las alas, el cuerpo se volvía una sombra afilada que cortaba el aire con precisión. A Otto le pareció que había algo familiar en su presencia. El zanate es un ave que encuentra hogar en cualquier parte, y que observa a los demás desde la rama, el cable o la coronación del muro más improbable.

一No voy a darte comida 一le dijo Otto一. Puedes volar a otra parte.

La respuesta vino en forma de chirrido discordante, pero tan tenue que apenas vibró en el aire:

一No acepto comida de ningún asesino.

El animal agitó las alas y desapareció detrás del muro perimetral, mientras Otto trataba de convencerse de que había sido él quien había inventado la respuesta.

Tres días después volvió a aparecer, cuando Otto tomaba el sol a la hora reglamentaria.

一¿Tú, de nuevo?

一Soy libre de volar a donde me plazca.

一Estoy desquiciado. Imagino que una sombra emplumada me habla.

一Estás aquí por lo de tu abuela.

一¿Mi abuela?

一Sí, doña Cándida.

一Pero…

一No finjas. Desde la ventana de su casa vi cómo la asfixiaste.

一No la asfixié; le acomodé la almohada.

一Sobre la cara.

一Sobre la boca. Tal vez no calculé bien…

一Lo planeaste.

一De ninguna manera. Aquella noche solo quería que se callara.

一Tenía debilidad por las aves.

一«No sirves para nada», graznaba, desde que tengo memoria.

一Cuando era un polluelo resbalé del nido.

一«Vas a terminar mal», me repetía, si no barría bien. No me gustaba barrer el piso. ¿A qué niño le gusta?

一Ella me rescató. Me alimentó hasta que pude volar.

一«Eres un estorbo con piernas. ¡Aléjate de mi vista!» Así me recibía cuando regresaba de la escuela.

一¿Te pegó?

一Nunca.

一No tenías derecho de matarla.

一No, sólo un deseo enorme. Necesitaba dejar de oír sus cacareos: «¡Qué poca cosa resultaste ser!»

一Y ahora no tienes a nadie.

一Tengo a mis compañeros.

一Que te dan palizas por diversión.

一Así son las reglas aquí. Yo también he molido a golpes a algún novato.

一Lo he visto. Estudio tus movimientos.

一¿Me vigilas?

一Me entretengo.

一¿Y qué vas a hacer? ¿Sacarme los ojos?

一Me das ideas, Otto… Pero no, es mejor que veas el gris a tu alrededor. Que imagines los árboles sin poder subir a ellos, que te despierte la alarma o el ruido de las llaves. ¿Recuerdas su último gorjeo?

一«Si desaparecieras, nadie lo notaría». Debí haber presionado con más fuerza la almohada.

一Era tan amable.

一Lárgate.

一Ya es tarde, pero regresaré, Otto. Tienes buen oído para las aves. Una buena herencia, ¿no crees?

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