Un plan casi perfecto

Álvaro Rubio

Un error momentáneo llega a ser un remordimiento entero.
(Un proverbio chino al que Hans, un chico noruego, de veintitrés años, le dio sentido).


Un día, Hans comentó a su incipiente novia:
—Cariño, ¿dónde te gustaría que pasemos unas buenas vacaciones?
—¿Lo dices en serio? —preguntó Ragna.
—Pues claro.
—¿Puedo pedir cualquier cosa? —inquirió Ragna, mientras ponía una mueca en plan interesante, como
si lo que fuese a decir resultase lo más transcendental del mundo.
—Claro. Dispongo de veinticinco mil coronas para gastarlas en mis caprichos.
Ella, imbuida por el hada del asombro, soltó esa frase tan típica y manida de enamorada. Aunque quiero
aclarar que, en esta relación, uno es el enamorado y el otro, el persuadido. A Ragna le correspondió el
rol de persuadida.
— Me gustaría pasarlas junto a ti en una isla desierta.
— ¿Sabes, Ragna?, suena a deseo de genio de lámpara, así que prepararé un plan B por si acaso, al
frotar la lámpara, pillo al genio dormido.
Las risas de ambos se mezclaron ante tan inesperada respuesta.
El deseo de Ragna quedó tamborileando en la cabeza de Hans, y no tardó en trazar un plan. No así en
la mente de Ragna, versada en los giros de timón emocional del muchacho.
Unas semanas más tarde, Hans urdió su plan. Un plan lo más sorpresivo y secreto posible; nadie,
absolutamente nadie, debería conocerlo. La euforia, cada vez más briosa, lo asaltó: había abandonado
su estado apático y vislumbraba la cara de sorpresa de Ragna ante semejante revelación.
En los días siguientes, investigó, se informó, curioseó y buscó por internet las distintas posibilidades. Al
final eligió Mosken Island. La isla perfecta. La isla desierta. Hans se aprovisionó de dos sacos de
dormir, tienda de campaña, linterna, machete, mantas y conservas. Cuando tocó escoger bebidas, al
vino y al champagne les sonrió la suerte. Después, dejó una nota a Ragna, breve y desconcertante,
tanto que ni siquiera ella la comprendió.
«Ragna, esta nota es para decirte que me marcho; en un par de días, o tres, o… sabrás de mí. Cuando
tenga todo listo, te mandaré mi ubicación por el móvil».
Y, sin más preámbulos, partió en un taxi hasta el embarcadero. Allí subió a un ferry; más tarde, a una
pequeña barca con motor. Tras una hora de haber estado navegando, arribó en la isla. El misterio era la
esencia de todo; por ello, rogó encarecidamente al «barquero pirata» mantener el secreto. El barquero
juró y perjuró que de su boca no saldría ni un pío.
Una vez en la isla, sintió un júbilo inaudito, un éxtasis parecido al sufrido por un náufrago cuando, tras
estar extraviado una larga temporada, aparece un barco salvador. Arrastró la mochila y los demás
bártulos hacia unos matorrales. Luego, como siguiendo el rito de un ser solitario en una isla desierta,
agitó los brazos como un pájaro, saltó como una rana, gritó como un gorila, e incluso se quitó la ropa. Y,
en un alarde de puro trance, trepó desnudo por el tronco de un árbol a más de diez metros. Dicen que la
euforia es como la gravedad: todo cuanto sube, tarde o temprano, baja, y eso mismo le sucedió a Hans
dos horas después de haber llegado a Mosken Island. Fue en el preciso instante de mirar el móvil y ver
que no tenía ni gota de cobertura.
¿Qué, qué había sucedido con Ragna y con la dichosa nota? Lo previsto para estos casos. Durante
quince días estuvo esperando una señal. Los dos primeros, con cierto misterio; los siguientes, con
desengaño total. Entendió el mensaje como una excusa barata para finiquitar la relación. Al
decimosexto día (trece días más de lo que tardó Jesucristo en resucitar), un tiempo considerado como
prudente, dio la vuelta al cartel de ocupado en su corazón y puso el de libre, una analogía
teórica–práctica en armonía con su naturaleza de consecuente.
El indigente Hans fue hallado nueve meses después por el mismo barquero que lo había llevado. Lo
halló desnudo, con pelo, barba y uñas propias de un primate. Cuenta que, mientras lo ayudaba a subir a
la barca y en un delirio extremo, coreaba como un mantra: «¡Aquí, no hay cobertura!, ¡aquí, no hay
cobertura!, ¡aquí, no hay cobertura!».