Tu existencia, mi decisión

Raquel Corrales

“Te quedarás en silla de ruedas”. Esa fue la conclusión. Como un jarro de agua fría, mi médico me soltó aquello, sin anestesia previa, sin miramientos. Debía tomar una decisión,  la decisión más importante de mi existencia y de la que dependería mi futuro. Fuera como fuera, yo seguiría adelante  con mi embarazo.

Desde que nací, un lipoma vertebral se aposentó en mi espalda.  Crecí y viví con él sin problemas, hasta que quise ser madre. Al quedarme embarazada, aquel lipoma vertebral se volvió “loco” dentro de mi espalda, y me causó problemas medulares. 

 Si seguía adelante con mi futuro hijo, lo más probable era que yo no volviera a andar. Parece fácil pensar que la no concepción hubiera sido la solución, pero yo no sabía que aquel cúmulo de grasa podría acarrearme tantos problemas. Los médicos nunca me dijeron que el quedarme embarazada fuera a impedir tantas cosas en mi vida. No pensaron en las consecuencias. Ni siquiera me advirtieron  de ello.

Me dolía la espalda,  se me dormían los pies. Síntomas propios del embarazo, según decían, síntomas demasiado fuertes para serlo. Así que, como comprenderéis, al quinto mes de embarazo, era muy duro rechazar lo irrechazable. Sería madre, y lucharía por ello. Posiblemente, me pusieron al tanto de tal decisión, posiblemente. Quizá ellos pensaban que el aborto sería lo mejor para mí. Fue mi opción y creo que la más acertada, aunque hoy por hoy no pueda correr detrás de mi niña. 

Tras haber dado a luz, me operaron para extraer el lipoma y tuve muchos problemas de movilidad.  Me podía haber hundido en la miseria, me podía haber rendido y aceptado que las cosas son así. Pero no: la respuesta es no. No pienso conformarme con todo esto. Y sí, la actitud es sí ante la mejoría que pueda venir. Tras la operación, me vi inmóvil en una camilla y pensé: “Esto no podrá conmigo”. Si necesitaba tres horas diarias de rehabilitación, yo hacía seis. Si la tristeza se adueñaba de mí, pensaba en mi marido y en mi hija, mis motores, mis anhelos, mis guías. Hubo instantes duros  en los que me hubiera rendido, pero yo volvería a andar. Y tanto que lo haría. Nos preocupamos por un mal día en el trabajo, por el chismorreo que hay en la comunidad, por si nuestro equipo pierde y se juega la liga, por si llegaremos o no a fin de mes. Pero lo realmente jodido es ver que no puedes coger en brazos a  tu bebé, que ni siquiera puedes peinarte o darte la vuelta en la cama. Que necesitas ayuda para todo, dependes de quien te rodea, pero a la vez todos dependen de ti. Es duro, sí pero, asumiendo mi derrota, no lo iba a conseguir.

 Después de año y medio, anduve con muletas; al día de hoy tan solo ando con un bastón. Nadie me dijo que lo conseguiría  pero, a base de esfuerzo y cabezonería,  así está siendo. Ahínco personal y apoyo de los míos. Y, sobre todo,  dinero, muchísimo dinero. La rehabilitación severa a la que me someto no es gratis ni está financiada por nuestra seguridad social. Por tanto, no todo el mundo está al alcance de ello. La salud es lo más importante, según dicen, pero nadie dice que compren nuestra salud. Así que, hoy por hoy, me he endeudado para mi bienestar. Y doy gracias a ello, a poder superarme cada día,  a poder ver crecer a mi hija y dar un pasito más cada mañana. 

Me trasladé con mi familia a Toledo, al hospital de parapléjicos. Estancia dura, sin duda. Los últimos meses los pasé sola, sin poder amamantar a mi criatura, sin besar a mi amigo y cómplice. ¿Mereció la pena tanto esfuerzo? ¿Qué hubiera pasado si hubiera tomado otra decisión? Sin dudarlo, hubiera decidido una y mil veces tener a mi hija conmigo. Aunque me hubiera quedado en silla de ruedas. Mi vida ya no será igual nunca, pero puedo decir que he luchado y que esa lucha constante ha dado sus frutos. Se que algún día miraré hacia atrás y suspiraré orgullosa de todo lo que he conseguido. Ríe al verme. Mi decisión fue la acertada.