Testimonios | Olga Orizaga
La sesión en el Centro de Restauración había comenzado, Pablo no perdía detalle de todo lo que acontecía.
Reconoció de inmediato a Genoveva cuando se acercó para subir al estrado. Ingenuo le preguntó:
—¿Va a dar su testimonio otra vez?
—Lo recuerda, ¿verdad?
—Como no me voy a acordar, lo he escuchado más de cinco veces.
—Hay gente nueva en el centro. Me gustaría que lo escucharan.
Decidida tomó el micrófono para iniciar con el relato.
—Un día iba a trabajar. –comenzó diciendo– No era la primera vez que se me hacía tarde por llevar a los niños a la escuela. Después que los vi atravesar el barandal prendí mi motocicleta y arranqué. Maniobré hasta alcanzar la autopista, la empresa de contenedores a donde me dirigía se encontraba fuera de la ciudad. Había llovido, la tierra suelta en la carretera dificultaba la maniobra. Por esquivar un montículo giré el volante, y un vehículo me alcanzó a dar en la parte trasera lanzándome por los aires. Cuando desperté me encontraba en el hospital, intubada, un collarín de plástico me sostenía el cuello, tenía vendajes en la cabeza. Después me enteré por mi familia que no me daban ni un día de vida. Tenía piedras incrustadas en el cerebro y fractura de cuello. Andaban de visita por el nosocomio unas personas religiosas, y uno de mis familiares les rogó que oraran por mi sanidad, para reprender al espíritu de muerte. Al tomarme una tomografía del cráneo resultó que estaba bien, en el cuello no tenía ninguna lesión. En pocos días salí del hospital completamente sana.
Los cantos y la música subieron de tono dando un espectáculo impresionante. Con lágrimas en los ojos Genoveva terminó su presentación. Cuando Pablo le dio la mano para bajar la sintió temblar de la emoción. La condujo hasta una silla para ayudarla a sentarse, al tiempo que le susurró al oído.
—¡Ay Genoveva, ahora sí exageraste! Hasta piedras te metiste al cerebro.
—Es para impresionar. ¿Qué tal me salió?
El hombre no le contestó, dio media vuelta para pasar al siguiente participante, que ya lo esperaba.
—Estás nervioso Sócrates, ¿verdad?
—Estoy muy nervioso, a ver, si me salen las palabras.
—No vayas a soltar el micrófono. Si enmudeces me haces una seña, inmediatamente subo por ti. Deja las muletas, no las necesitas.
Sócrates obedeció. En realidad, no las necesitaba, pero se costumbró a ellas. Tardó un poco en controlar el tono de su voz, cuando lo logró, abrió su corazón a los presentes.
—Tenía más de tres años con problemas en mis rodillas. Andaba con muletas, y en ocasiones con andadera, porque ya no podía caminar bien. El dolor era insoportable. El doctor ya me había dado la fecha de la operación, pero alguien me invitó a este Centro de Restauración. No perdía nada con venir. Ese día fue especial, me rodearon un grupo de personas orando por mí. Fue tanta la fe que mostraron que me contagié. Salí caminando de aquí, sin muletas, y sin dolor. Cuando el médico me hizo los estudios me dijo que no era necesario ninguna operación, únicamente me recetó medicamentos. No entendía lo ocurrido, médicamente no había explicaciones, pero había sanado.
Nuevamente la música y los cantos indicaron que el participante llegó a su fin.
Esta vez Pablo lo alcanzó hasta su lugar, solo para hacerle entrega del artículo olvidado.
—¡No las pierdas! Con qué vas a chantajear a tus hijos la próxima vez que te vuelvas a tullir.
—Esas bromas no se hacen. Voy a reportarte para que no te dejen acercar a nosotros.
El evento terminó. Comenzaron a recoger el mobiliario y equipo que se utilizó.
Antes de apagar la luz subió al estrado. Dio unos pasos hasta quedar de frente, imaginó a una multitud observándolo, hasta creyó escuchar que lo presentaban: “Nuestro siguiente participante es el hermano Pablo”.
Sonrió para sus adentros, Pablo ni siquiera era su verdadero nombre, se lo pusieron cuando llegó al Centro de Restauración, porque se mencionaba en el evangelio de ese día.
Pero estaba seguro que cuando le tocara participar, él si daría un testimonio verídico, solo le faltaba recordar quien era.
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