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Tailandia | Fátima León

Tailandia | Fátima León

Estoy convencido de que, prácticamente en todo momento, mantengo el control de mi vida. Esto lo digo con total seguridad. Sin embargo, no recuerdo haber hecho la maleta, ni tampoco haber comprado el billete o haber renovado el pasaporte. Lo único que sé es que, cuando abrí los ojos, ahí estaba yo: asiento 20-A del Boeing 777-300ER de Thai Airways rumbo a Bangkok. Afuera, un cielo imposible. A mi lado, Esther dormía, con esa sonrisa de quien ya ha vivido lo que va a ocurrir. 

Quizás, todo empezó un par de semanas antes, cuando sonó el teléfono una tarde en la que la luz parecía haberse quedado atrapada en los cristales, o yo me había quedado dormido en el sofá. Era la voz de Esther, mi mejor amiga. Por cierto, ahora que lo pienso… ¿fue una llamada o un mensaje de voz? Bueno, en cualquier caso, lo recuerdo nítidamente:

—Pablo, escúchame bien: tenemos una oportunidad de oro para irnos a Tailandia tres semanas a un precio que no te vas a creer. 

—¡Espera! ¿A Tailandia? ¿Cuál es ese precio que no me voy a creer?

De verdad que el precio era ridículo, casi sospechoso. Esther intentó explicármelo: una agencia nueva; unos puntos acumulados; una promoción especial. Siempre conseguía cosas así, sin que nadie entendiera cómo lo hacía. No era ilegal —¡supongo!—, y no me lo pensé demasiado.

Y después… ¡el salto! Como si entre esa conversación y el embarque alguien hubiera borrado dos semanas enteras de mi vida. Todo parecía irreal; era como si no hubiera pasado por los pasos habituales de decidir, planear, ahorrar o despedirme de mi familia. Simplemente… estaba en el avión con destino a Bangkok. 

Tras quince horas de vuelo y dos escalas eternas en Roma y en Dubái, llegamos al aeropuerto de Bangkok-Suvarnabhumi. Una limusina nos trasladó directamente al Shangri-la. Un hotel imponente, muy lujoso, con un spa reconocido por sus aceites de jazmín y por unos masajes que, dicen algunos, son capaces de borrar el pasado.

También se dice que tiene algunos pasillos secretos que solo aparecen si sueñas con estos. Nos asignaron la habitación 2325. 

Agotado por el viaje y por el jet lag, me fui a dormir en cuanto terminamos de cenar. A pesar del cansancio, tardé en quedarme dormido porque, entre los enormes ventanales de la habitación, veía deslizarse una figura traslúcida. Sé que nadie podía estar allí afuera, en el piso 23. Pero estaba.

Me desperté empapado en sudor y con un pequeño buda de cuarzo apretado en mi mano. Corrí por los pasillos buscando a Esther, pero no la encontré.  Bajé a recepción a preguntar por ella: no había nadie registrado con ese nombre. Volví confundido a la habitación y allí estaba, quitándose los zapatos. Me dijo que había ido a pasear junto al río, pero me había visto tan dormido que no había querido despertarme.

Después de eso, comenzaron los pequeños olvidos. Un día, el pasaporte había desparecido. Otro, desperté con moretones en los brazos, con marcas de dedos. Esther decía que me los hacía yo mismo, dormido. “Te mueves como un loco”, me decía riendo. Pero yo nunca me he hecho daño soñando. Una noche salimos y, al regresar al hotel, no reconocí el camino. Esther sí. Ella siempre sabía adónde ir. A veces pienso que el viaje era suyo, y yo solo la seguía. Pero no lo digo en voz alta porque suena… raro.

De vuelta a casa, les conté a todos que el viaje había sido perfecto. Querían ver fotos, pero no tenía. Dije que el móvil se me había caído al río. Esther tampoco tenía ninguna. “Quería desconectar”, explicó, convincente como siempre.

Sin embargo, según mis amigos, nunca había salido de la ciudad. Que nos habíamos visto todos esos días y que habíamos hablado. Incluso uno asegura que tomamos un café juntos el mismo día que yo juraría haber subido al templo dorado de Wat Saket.

No discuto. Solo escucho y espero. Pero, a veces, cuando abro un cajón, encuentro envoltorios de incienso con letras tailandesas o algún ticket de metro de Bangkok. Y algunas noches oigo campanas en mi pasillo. Entonces, cierro los ojos, pero no duermo: temo que, si sueño, los pasillos del Shangri-la vuelvan a abrirse.

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