Iván López

Solo en México cae un rayo dos veces

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Esteban se acomodó el libro bajo su axila y uso ambas manos para aferrarse al pasamanos del metro, el frío del metal contrastaba demasiado con el bochornoso ambiente del vagón que venía a reventar. “Menos mal que bajó en la siguiente estación”, pensó. El zangoloteo se hizo más intenso, la gente de pie empezó a chocarse entre sí y perder el equilibrio, el vaivén arrullador del metro había sido sustituido por unas oscilaciones salvajes que despabilaron a los pasajeros aún aletargados. Las luces del vagón empezaron a fallar, dejándolos a oscuras por ratos, de pronto una voz desconocida gritó: “¡Está temblando!”. Su grito terminó por desatar el caos.

El servicio se restableció casi media hora después y Esteban fue de los primeros en abandonar ese asfixiante horno de combustible humano. Se apresuró para llegar al trabajo, esperando que su jefe comprendiera la situación y le perdonara el retraso, pero nada de eso le importó una vez que salió a la calle. Esteban sintió náuseas y mareos, quizá por la impresión. Buscó la banca más cerca y se desplomó en ella, necesitaba un minuto para digerir la situación. 

El mundo que había visto amanecer cientos de veces hoy aparecía frente a sus ojos totalmente destruido, agonizante. Se encontraba en la Avenida Paseo de la Reforma, la más importante del Distrito Federal, su arteria principal que hoy estaba sangrante. A donde quiera que volteara veía gente llorando, gritando nombres con la voz deshecha; o rengueando junto a un familiar o rescatista, la ropa hecha jirones y teñida de un polvo blanco, era gente que apenas unos minutos antes había estado encerrada en el mismísimo infierno, dentro de los escombros, atrapada en el cadáver de lo que antes había sido una construcción imponente. Las ambulancias iban y venían con su estridente sirena que lo ensordecía todo, los edificios yacían desmoronados y deshechos por doquier. La luz del sol era bloqueada por las inmensas nubes de polvo que se levantaban en los cielos, dónde sobrevolaban numerosos helicópteros como nunca antes se había visto. Aquella mañana la ciudad fue atacada, un enemigo tan impredecible cómo incontrolable había atentado contra su gente, los cimientos que sostenían a millones de personas y que se habían forjado durante décadas, habían sido aniquilados en cuestión de minutos. Aquel 19 de septiembre de 1985 la gente del Distrito Federal quedó desamparada. 

Junto a Esteban, sentado en la misma banca, había un hombre. Era un hombre viejo, de piel morena y arrugada, su rostro parecía rasposo. Llevaba una camisa arrugada y unos pantalones rasgados, Esteban también advirtió que le hacía falta un zapato, era obvio donde había estado ese hombre.

  • Ahora deseas no haber salido del metro ¿Verdad?

Esteban no respondió.

  • Yo siempre he creído que Dios abandonó a México desde el principio, primero dejó que unos franceses nos gobernaran, luego permitió que nos quitaran nuestras tierras a los campesinos. Después nos dejó a merced de puros gobernantes inútiles. Y si eso no fuera suficiente, nos dio como vecinos a unos gringos bien canijos. Pero esta llevaba rato guardándonosla, desde los 50 que no se sacudía la tierra, porque resulta que también nos dio un país donde la tierra se agita cuando le da la rechingada gana.

Esteban volvió a quedarse callado. 

  • Pero tú que vas a saber, eres joven. – le dijo el viejo, resignándose a ser ignorado. – Pero el día que veas que un rayo sólo cae dos veces en México, ese día te vas a acordar de mí y vas a ver cómo Dios si abandonó a este país.

La ciudad se recuperó, en una muestra sin precedentes de voluntad y solidaridad los mismos civiles se echaron el país al hombro, un gesto noble pero resultado también de la pasividad de las autoridades.

 Desde ese año, cada 19 de septiembre se realiza un simulacro a las 7:17 de la mañana, hora exacta en la que ocurrió el sismo. En el 2017, cuando Esteban era ya un hombre mayor, el simulacro anual se cumplió a cabalidad; pero ese mismo día, seis horas después del simulacro, otro devastador sismo golpeó a la ahora rebautizada Ciudad de México, mismo día y misma tragedia. Esa tarde, después de lo ocurrido, Esteban recordó al viejo que había conocido 32 años antes.