Sobre los tejados

Shawnny de la Cruz

Poco después de que la última luz de la casa se apagó, Salem abrió sus ojos, acostumbrado a ver a través de la oscuridad. Después de haber comprobado que su joven dueña estaba profundamente dormida en su cama, dio un salto hacia la ventana entreabierta del salón del apartamento y salió a hacer frente a la brisa de la noche de otoño.

Salem estaba acostumbrado a hacer esos paseos nocturnos. Le encantaban la paz y la tranquilidad que le brindaba dar una vuelta por los tejados de Madrid a esas horas. Avanzó silencioso hacia la cornisa de un tejado y saltó a la más cercana que tenía. Se podía vislumbrar la sombra del gato en los ladrillos gracias a la luz de las farolas anaranjadas.

El gato pasaba de cornisa en cornisa y trepaba por los tubos de ventilación para poder llegar a los edificios más altos, hasta que llegó a su destino. Desde lo alto de la azotea, tenía una vista espectacular: un mar negro con destellos de luz intermitentes. Desde ahí arriba se sentía tan pequeño y tan invencible al mismo tiempo… Vio, desde la derecha, cómo las luces violeta de una fiesta en pleno apogeo se filtraban desde la ventana del edificio. Desde fuera se podía ver cómo las sombras negras de las personas de dentro se mezclaban con las luces violeta. Unos edificios más hacia la derecha, un chico, en el suelo de la terraza de un apartamento, tenía un par de cervezas consigo y una actitud pacífica mientras fumaba como si en medio de la oscuridad pudiera estar tranquilo y cobijado.

Lo que ninguno de ellos sabía era que hubo un instante en el que cada uno de ellos, una de las chicas de la fiesta del apartamento, el chico que fumaba en el balcón y el mismo Salem, se quedaron observando la luna llena que adornaba el cielo oscuro de Madrid. Sobre esta había un par de nubes, casi imperceptibles, salvo por la luz de la propia luna que estaba a su lado.

Sara, la chica de la fiesta, venía de un pequeño pueblo, para armar fiestas como había hecho el novio de su amiga de la universidad. Era algo que se veía muy pocas veces, en especial con el equipo de juego de luces que había comprado, el alcohol y la música alta en plena madrugada. Pero, cuando miraba la luna, se acordaba de que no había estrellas más bonitas que las que veía en su pequeño pueblo.

Mateo, el chico del balcón, llevaba unos días muy estresado; dentro de la empresa donde había empezado las prácticas, lo llenaban de trabajo, de cosas que aprender. Cuando llegaba a casa, tampoco paraba. Últimamente, sus únicos momentos de paz eran esos, cuando se podía relajar sobre el balcón de su apartamento por la noche, con una cerveza, un piti y su música en los cascos. Y, simplemente, sentirse en paz ante la capital nocturna.

Y Salem… Salem se dio la vuelta sobre la cornisa de la azotea y se dirigió a un nuevo rumbo.

Mientras, sobre la ciudad nocturna de Madrid, se podía ver a gente saliendo de discotecas, taxis que dejaban a sus clientes en sus casas, a chicos que utilizaban la noche como momento para pensar y reflexionar sobre su vida… y gatos que volvían de madrugada a su casa con su rubia dueña.