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Señales | Sandy Manrique

Señales | Sandy Manrique

El viento tocó a su puerta una mañana. Lo hizo con suavidad, como si acariciara las hojas de los árboles. No hubo respuesta, sacudió la hoja de madera con fuerza hasta hacerla vibrar. Dentro de casa, ella pensó que se anunciaba una tormenta y no podría salir a comprar víveres. No le importó.

 

Permaneció bajo las sábanas resguardada en la oscuridad. Los cabellos enmarañados incomodándole los ojos y las mejillas. Ella hubiera querido halarse el cabello en señal de desesperación. Debería cortárselo casi a rape, lavarlo y arreglarlo era demasiado trabajo.

 

El viento buscó otra entrada, la que conectaba al patio trasero de su casa, donde el árbol de hojas tupidas danzaba cada vez que la miraba contenta. Esta vez creó un murmullo de familias visitando la pradera, brindando para agradecer la alegría de compartir.

 

A ella eso le pareció extraño, hacía varios días que su jardín era un sitio de hojas estáticas, sin  ganas de que las mirasen. Empezó por quitarse la sábana de encima de la cara, estiró las piernas  y, con lentitud, puso uno de los pies sobre las pantuflas que a su hijo tanto le gustaban. Vio sus uñas, necesitaban recorte. Sintiendo la superficie del suelo, dio el primer paso.

 

La ropa estaba sin doblar, el piso sin barrer, los libros sin acomodar. Caminó pesadamente hacia la ventana para ver qué sucedía. Era curioso, el árbol de la casa de enfrente no se movía, pero el de su patio agitaba sus ramas. Se puso alerta cuando escuchó toquidos,  se asomó a ver qué ocurría. No era nadie. Era el viento arrebujando hojas al frente de su puerta.

 

Abrió por completo la  entrada y sintió que una brisa tibia le reconfortaba. En un momento de reflexión supo que tenía dos posibilidades, seguir adelante con su matrimonio enterrando la traición o terminar con la farsa. Esto último era algo que ella deseaba secretamente, cansada de la indiferencia crónica de su esposo, las novedades solo habían venido a animar su decisión.

 

Pero ya era hora que Omar regresara de la escuela. Lo que haría con su vida lo pensaría después. Se recompuso,  alisó su cabello y puso algo de loción. Ordenó los cuartos un poco, preparó pollo y arroz, lavó los trastes. Miró el reloj y caminó hacia la parada del camión escolar. Cuando lo vio venir alistó su mejor sonrisa.

 

Su hijo bajó del autobús con el entrecejo fruncido, rasgo que lo había caracterizado desde que era un bebé. “¿Cómo te fue en la escuela, mi vida?” preguntó musicalmente mientras él bajaba. En la banqueta, el niño  se acercó a ella, la abrazó y no quiso soltarla. Ella se agachó, comenzó a llorar en silencio tratando de disimular las lágrimas.

 

Omar la tomó con firmeza de la mano y juntos regresaron a casa. Su manita era cálida aunque el ambiente se hubiera puesto frío. Ella podía sentir los latidos de su corazón. El viento golpeó su frente, como si le preguntara si estaba lista para vivir una nueva etapa. La brisa llegó profundo a sus pulmones. Sintió la cintura ligera y los ojos avispados. Tuvo  ganas de correr.

 

En vez de ello, madre e hijo cruzaron el umbral de la casa. Sin explicación, Omar le apretó la mano. Con sus pupilas que guardaban fortaleza y la expectativa de una vida mejor, la miró fijamente  y preguntó “¿Cuándo nos vamos de aquí, mami? ¿Ahorita?”.

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