Segunda oportunidad

Amaya Muñoz

Desde hacía dos años, todos los viernes sucedía lo mismo.

José entraba en la cafetería a las 9 de la mañana, saludaba al camarero y le pedía un menta-poleo. A continuación, se lo tomaba en una mesita de la esquina mientras leía el periódico. Y, en la otra esquina del local, Emilia y su amiga se tomaban el café y charlaban. Eran los habituales del viernes. 

Desde hacía dos años, José sentía que con sus 78 años ya había vivido lo suficiente. Desde hacía dos años, su existencia se arrastraba a la deriva sin Claudia, su mujer. Jamás se habría imaginado que los días pudieran ser tan aburridos. 

Pero aquel viernes, José no se sentía muy bien. Tenía el cuerpo abatido, sin energía. No obstante, la fuerza de la costumbre lo acodó a la barra y pidió su infusión habitual. Apenas el camarero le dejó la taza con la teterita, su vista se fue nublando, y los sonidos le llegaron amortiguados, como en una burbuja. Instantes después, se desmayó arrastrando con su mano la bebida, que le empapó la camisa.

Cuando abrió los ojos, se encontró en un lugar muy distinto de la cafetería. Era la cima de San Pedro, la montaña de su pueblo que tantas veces había ascendido cuando las fuerzas le acompañaban.  «¿Qué hago aquí?», pensó confundido.

—¡Hola, José! —oyó una voz conocida a su espalda.

Se volvió intrigado y observó con asombro que era Claudia. Estaba tan bella como siempre. 

—Claudia, Dios mío, ¡eres tú! —Miró alrededor y frunció el ceño sin comprender—. ¿Dónde estamos? ¿Qué hacemos aquí?

—Estamos en la zona gris, el único sitio donde podemos coincidir.

—¿Entonces he muerto? —preguntó con un asomo de alivio. Adiós a una existencia anodina.

—No, José. Sigues vivo. Todavía nos quedan unos cuantos años hasta que podamos encontrarnos.

—Yo no quiero vivir más. Los días no tienen sentido sin ti. ¿No me puedo quedar aquí contigo?

Claudia emitió una risa cantarina y le cogió las manos.

—José, cariño. Por eso quería hablar contigo y solo tengo unos segundos antes de que te vayas. Escúchame bien. —Él asintió expectante—. Tienes que seguir adelante aunque no esté. Tienes que emerger de esa oscuridad en la que te has enterrado por voluntad. La vida todavía te depara grandes momentos y emociones, incluso amor. —José sacudió la cabeza como rechazando la idea, pero ella le apretó aún más las manos—: Tienes que volver a ser feliz. Y yo seré feliz contigo.

Él abrió la boca para protestar, pero en ese instante, la oscuridad lo envolvió y sintió que alguien incorporaba su cuerpo con cuidado. 

—Parece que ya vuelve en sí…

Cuando abrió los ojos, se encontró muy cerca del camarero, que lo sostenía y, un poco más allá, el rostro de Emilia y su amiga, las ancianas de la otra esquina, que lo observaban preocupadas.

—¿Buscamos un médico? —estaba diciendo la señora.

—Estoy bien… —balbuceó José. 

Todavía tardaron unos minutos en incorporarlo y le ofrecieron agua a sorbos en silencio. 

—¿Quiere que llamemos a la ambulancia? —le preguntó el camarero.

—No, no, tranquilos. Es por la tensión; la tengo muy baja y en verano me mareo a veces…—Esbozó una sonrisa leve. Ya se iba encontrando mejor poco a poco. 

—¡Vaya, por Dios! —exclamó Emilia— ¡Qué susto nos ha dado! A mi difunto marido, que en paz descanse, también le pasaba, y el café lo ayudaba mucho. —José se quedó mirando los ojos chocolate de la anciana. Se parecían mucho a los de Claudia. De hecho, casi sintió que su mujer le estaba observando desde ellos—. ¿Por qué no se toma un café con nosotras? En aquella esquina hay un sol muy agradable.

Él apenas dudó un instante.

—Me encantará.