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Retorno | Ana Fortuny

Cada noche me esfuerzo por viajar a ese lugar. Quiero llegar al punto exacto donde se originó todo. No necesito llegar al sitio en sí, sino a lo que está guardado en mi memoria, en el subconsciente. Sé que mi cuerpo no puede desplazarse, por mi estado parapléjico, pero si la carne se niega a moverse, la mente hace el esfuerzo.  Mis hijos me visitan a diario. Yo les digo que no pierdan el tiempo, que gocen la vida y que salgan de esta casa oscura que se ha convertido en una cueva con olor a medicamentos, a pañales sucios y a un aire estancado, que circula sobre la cama y que se niega a salir por las ventanas. A mi esposa también le pido que se vaya, que visite a sus amigas o que viaje, pero no quiere hacerlo, le da pena, y así, me conserva vivo, con la barriga llena, sin sed, viendo al techo o a la pared de al lado. Me da todo el cariño que tiene dentro, pero para mí es un manjar imposible de saborear.  

 

En  mi estado, lo que quiero es despegarme de este cuerpo, volar alto, bajar a los abismos, re-tro-ce-der. No me apetece la comida, que me bañen o me cambien de ropa, ni salir al jardín. ¿Algunos sonidos? Sí.  Tolero ciertos instrumentos. Nada de versos, ni una palabra, solo ondas. En la computadora buscan piezas con cuencos tibetanos. Pido: “La más larga, por favor”.  Cuando me dejan en paz, cierro los ojos.  Me concentro en el vacío negro repleto de estrellas que llevo dentro de mí y me subo al tren de alta velocidad. En un segundo atravieso miles de horas. Voy solo en el tren. ¿Es un tren? Así podría llamarlo, un vehículo que invento copiando la imagen de un tren de alta velocidad, pero en realidad no lo es. Sólo me lleva. Desciendo una escalera en espiral. Regreso al día del accidente y lo dejo atrás. Digo adiós a los que ven la tragedia y se quedan perplejos al verme pasar, porque yo estoy tirado en la calle, pero a la vez paso saludando en la ventana de un tren. Ven mi expresión de felicidad y no entienden nada. No puedo decirles que dejo atrás las guerras, la basura, los ríos con espuma amarillenta, el hedor.  

 

El tren viaja en una especie de pista ovalada, como un lazo interminable.  Se curva sobre sí misma en un recorrido que podría ser infinito.  Cada curva se esfuerza por volver al origen y, a la vez, escapar hacia el horizonte. Los dos bucles se extienden como un símbolo antiguo trazado en el suelo, un símbolo de mi vida. Quiero llegar al día uno, al tiempo cero, cuando todo empezó para mí. El rostro joven de mi madre. El semblante tranquilo de mi padre. El nido con el agua estéril donde flotaba. Hacia ahí viajo. Al momento en que no veía ni escuchaba nada, cuando en lugar de huesos tenía cartílagos. El silencio es vital, pero también el control que he perdido, porque no puedo hacer que frene el tren. Retrocede aún más y me lleva a lo ínfimo, a lo que no llega a ser ni siquiera una célula. Me lleva al polvo de estrellas, y me aferro a esas partículas que ni siquiera veo, pero cuya presencia reconozco como mi naturaleza. 

 

Lo que queda del tren, y yo, viajamos a una velocidad constante. Tinnnn, tinnnn, suenan los cuencos, pero no quiero abrir los ojos. He pasado el origen y vuelvo al final. En una ráfaga, mi infancia. Mi “estiramiento”. Las lecciones aprendidas. Mi independencia. Ella. Los vástagos. Y de nuevo la guerra, las bombas y los muertos.

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