LeMo

Políticamente incorrecto

Me resulta sumamente difícil esconder esta parte oscura de mi ser. 

Todo el mundo espera de mí que sea perfecto en mis dos facetas y, para ser honesto, me cuesta.

Por un lado la presión mediática (lo que esperan de mí), como si fuera el único que «les puede salvar del villano» y por el otro lado mí verdadero trabajo en el que trato de mantener a mi jefe lo menos cabreado posible.  Y es que en cuanto las cosas salen mal, siempre me llama a gritos.  Y es ahí, en ese preciso instante en el que me he dado cuenta de que me gustaría entrar en su despacho, cerrando la puerta con sigilo mientras le indicaría mimicamente que guarde silencio y bajaría las persianas para poder quedarnos a solas, y entonces, me acercaría mirándole fijamente a los ojos y sin  pronunciar palabra, alargaría mi brazo para estrangularlo y de esta forma, dejaría de gritarme en vez de utilizar el teléfono que tengo en mi despacho. En ocasiones pienso que otra buena forma de eliminarlo (si fuera supermán), sería con la mirada: lo pulverizaría con mis rayos. 

No se da cuenta de que me hace sentir inferior, mi autoestima se anula cuando estoy cerca de él, pero necesito guardar mi empleo para financiar mis estudios.

 

Como no puedo salir impune de mis actos, los ardientes deseos de matar los satisfago con otros.

Es viernes y, después de  haber soportado una dura semana de insultos y gritos denigrantes, voy a merodear por donde los hombres casados no quieren ser vistos. He encontrado un escondite que me permitirá estar en el primer plano de la noche prohibida:

Ventanillas bajadas con cabezas metidas a medias, largas piernas con minifaldas y tacones vertiginosos. 

Después de algunos segundos juntos negociando, la puerta del copiloto se cierra dejando  paso al humo del coche que se aleja hacia la lujuria (el modelo y el color me suenan)… 

Decido seguirlos con cautela; de noche soy imperceptible y soy tan ágil como una ardilla.

 

Se paran al final del parque, en un rellano escondido de miradas curiosas. 

Subido a un árbol espero a que el ambiente empañe los cristales. El balanceo que va en crescendo, me indica que la hora del clímax les dejará vulnerables, y ahí, en ese segundo que precede al fragoroso suspiro, atacaré.

Salto sobre el coche y cogiéndoles por sorpresa, me deslizo sobre el parabrisas.

La escena me repugna, me llegan imágenes de mi infancia en el que mi padre mantenía relaciones sexuales asiduamente en nuestra casa, mientras pensaba que yo dormia (cada  noche que mi madre estaba de guardia).

Me recuerda que soy huérfano, porque cuando se enteró del desenfreno de mi padre, ella se suicidó. Y él desapareció, dejándome al cuidado de mis tíos, que me han criado desde entonces. De su físico solo mantengo en mente ese imponente bigote y esas prematuras canas que le cubrían el cabello (me recuerdan a mi jefe), como si fueran parientes.

Centro mis ideas y procedo a lo que he venido: acabo con los dos tan rápido como el verdugo en la plaza de la rebelión de la bastilla. Mi cuerpo se estremece con el placer que me otorga la eliminación y además, sin sorpresa alguna, descubro que el desgraciado que ha venido a comprar lascivia no es nada menos que mi superior: «por fin obtendrá su super foto (tan deseada) en la cabecera de su propia gaceta «, pienso.

 

Ahora estoy aquí, en el tejado del edificio más alto de la ciudad, a la espera de ese grito de auxilio (vestido con mi panoplia), sabiendo que la utilizo para salvar al ciudadano, y a su vez, la uso para esconderme y evitar que me reconozcan, porque perdería así mi buena fama de superhéroe.

Soy Peter Parker, el que vive escondido detrás de un ridículo traje que camufla su alma perturbada mientras, de vez en cuando, cambia de bando.