Pili | María Coll
Si no se hubiese sentado en el sillón, probablemente las piernas le hubiesen fallado. Estaba sentada en el filo, como de prestado, como si fuese un asiento extraño y sabes que estás a punto de levantarte. Pero Pili no se iba a levantar. Simplemente la incomodidad de la situación, por llamarla de alguna manera, se plasmaba en su forma de sentarse.
No podía parar de mirar el cuchillo. La sangre seguía fresca, roja granate. Observaba algunas pequeñas zonas del metal limpios del fluido. La sangre tiende a resbalar en el metal dejando espacios libres de sangre, y ella, de forma distraída, intentaba con el dedo uniformar toda el área metálica de rojo.
El cuerpo de su marido ocupaba gran parte del salón. Había quedado boca arriba, con medio cuerpo apoyado en la mesa auxiliar. Los brazos y la cabeza se desparramaban por los laterales de la mesa, y una de sus manos casi rozaba las rodillas de Pili.
Había sido un día más. Un día en que ella se había levantado con el firme propósito de hacer todo perfecto para no enfadar a su marido. Siempre había sido algo brusco, pero desde que había perdido el trabajo y estaba siempre en casa, su humor se había degradado.
Esa mañana, antes de levantarse el susodicho, Pili adecentó toda la casa. Colocó los cojines del sillón en el cual ahora estaba apenas sentada. Aireó toda la casa e hizo un desayuno especial. Tortitas con chocolate. El café dispuesto en la cafetera para que no se enfriara, y las tortitas reposando en el microondas para calentarlas un poco cuando se levantase. Fregó los baños, y pasó la mopa.
“No es tan difícil tener las cosas bien para hacerle feliz. Solo es cuestión de organizarme.”
Ese era el mejor momento en el día. El momento en el que todavía había esperanza de que ese día fuese todo bien. Que ese día la sonriera, la felicitase, la abrazase. Que las humillaciones, los tortazos en la cabeza cuando pasaba por su lado, los insultos, todo eso quedase relegado al pasado.
Tarareaba una canción que había escuchado de la radio de una vecina. Ambas aireaban la casa, y el sonido de la música se escapaba de una casa a la otra para regalar los oídos de Pili. Definitivamente hoy iba a ser un buen día.
—¿Quieres cerrar las putas ventanas? —oyó tras de sí.
Ella no dijo nada, mientras cerraba cada una de las ventanas de la casa. Quizá todavía se podía arreglar la mañana.
—Buenos días, cariño. Hoy te he hecho un desayuno especial. —canturreó ella, mientras se encaminaba a la cocina.
Recibió un silencio como respuesta. Le oía la respiración tosca, de sobrepeso y décadas de tabaco a sus espaldas.
Pili desplegó toda su artillería culinaria para agasajar al hombre sentado en su sillón. Con un corazón hecho de espuma de leche en el café, tortitas con diversos toppings, y un café que olía que alimentaba.
Engulló todo en menos de cinco minutos. Sin mirarla, sin agradecerlo, sin sonreír. Dio vueltas con la cucharilla al café con saña para hacer desaparecer cada milímetro del corazón que con tanto cuidado había hecho su mujer.
Mientras recogía todos los cacharros del desayuno, Pili pensaba en que una media victoria le podía valer. No se había quejado, no la había gritado. Parece que le había gustado el desayuno. Con un breve suspiro terminó de limpiar la encimera.
Solía ir a dar un paseo en la mañana, pero había empezado a diluviar. Esperaría a que escampase y pudiese salir.
Sacó de encima del armario de su cuarto un contrachapado de tamaño mediano. Ya que tenía la casa limpia y de momento no podía salir a la calle, iba a seguir con su puzle. Era su último descubrimiento. Hacer puzles le encantaba. Este era el segundo. Desde que su marido se había quedado en paro no lo había tocado, pero tenía toda la casa limpia, y la comida prácticamente apañada.
Estaba completamente abstraída cuando se acercó. Sin mediar palabra, en un movimiento con el brazo, la tiró todo el puzle al suelo. Ella se quedó en shock. El con una sonrisa bobalicona.
Una profunda ira se apropió de Pilar. Levantó el contrachapado de madera y le golpeó con todas sus fuerzas con él en la cabeza. La sangre le caía a borbotones. Pero no era suficiente. Tenía que pagar cada pieza que había tirado, Mientras él gemía intentando mantenerse en pie, ella cogió un cuchillo de la cocina. La espalda fue su primer destino. Cuando él se dio la vuelta siguió acuchillando su pecho hasta que se cayó sobre la mesa auxiliar.
Después de un rato sentada en el filo del sillón respiró. Sonrió. Y empezó a recoger las piezas del puzle.
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