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Pildorita | Darwin Redelico

Pildorita

Darwin Redelico

—Pildoriiitaaa!!! Pildoriiitaaa!!!

Así gritan tras las líneas blancas mal pintadas, las decenas de bocas desdentadas y malolientes que festejan cada finta o cada gambeta de lo que queda de aquella promesa del fútbol.

“Como en los viejos tiempos” piensa emocionado el crack, ovacionado al hacer una “pisadita” ante un “urso”, que tras comerse el amague terminó probando la tierra.

En aquellos viejos tiempos se escapaba de la escuela para irse a jugar a los baldíos pegados a los “cantegriles”. Allí se colaba entre los grandes y pronto se destacó por su habilidad. Ambidiestro, regateador, pícaro, si le daban una patada y lo tumbaban, se levantaba calladito y a la siguiente jugada lo esperaba y le metía un “caño” entre las piernas que arrancaba las risas de todos. Hasta que se armaba una bataola de novela y algún disparo se llegaba a oír. 

En uno de esos épicos partidos le echó el ojo el “Chino” Roldán. Como era chiquito, gordito y con las piernitas chuecas le puso “Pildorita” y lo fichó en Cerrito, el club de los marginados dentro del barrio marginado.

A los dieciséis, Martín “Pildorita” Burgos ya debutaba en la primera. El “10” fue la sensación del ascenso, campeonaron tras ganarle a Rentistas, el archirrival del barrio. Dos goles suyos humillaron a los “oligarcas” (llamados así porque tenían empleo) en un partido que terminó en trifulca y con todos en la comisaría. 

Por entonces, la prensa deportiva que dedicaba las contratapas de los suplementos deportivos a las nuevas figuras, ya hablaba de aquel petiso con algo de sobrepeso y una habilidad que lo hacía comparable a Platini, o el “Maradona de los suburbios” como lo llamó el periodista “Pluma Filosa” Álvarez, tras recibir un incentivo del presidente del club que lo quería vender.

Uno de los grandes del fútbol local llegó con una propuesta económica para llevarse a “Pildorita”. Nunca quedó claro el monto del pase. “Pildorita”, ya sin representante, pues el “Chino” estaba preso por proxenetismo, fue obligado a renunciar a su parte.

Cuando cobró el primer sueldo, no supo explicarle a la familia como se escribía ese número. Conoció el pent house, el sommier, el champán y las mujeres limpias. Mucha mina, noche, porro y casino. 

Fue la sensación en los dos primeros partidos, el técnico de la selección preguntó por él. Pero los madrugones, las dietas, y los ejercicios no eran lo de él. Y a pesar de haberse convertido en el favorito de la “popular”, el coach primero lo mando al banco de suplentes y después ni siquiera lo convocó. Mientras tanto, “Pildorita” era el “rey de la bailanta”.

Un día se le acercó el líder de la “barrabrava”, el “Guanaco” Bermúdez, a pedirle un favorcito: si introducía escondida un arma al estadio, ellos iban a “apretar” al técnico para que lo pusiera.

— ¡Dale “Pildorita” !, ¿quién te va a revisar? – le dijo el jefe rodeado de sus guardaespaldas.

Nunca se sabrá si el oficial que lo revisó no estaba advertido, o si alguien vendió a “Pildorita”, lo cierto es que le requisaron el arma y lo condenaron a seis meses de prisión. La policía le quiso sacar información a cambio de bajarle la condena, pero “Pildorita” es un tipo de códigos, no un alcahuete. 

En la cárcel fue el mimado de la barra de amigos del “Guanaco”, que los había por decenas. Además, estaba el “Chino” que todavía pagaba su sentencia, y “Pluma Filosa” que había sido condenado por chantaje. Pero su admiradora más fiel era “la Wendy”, el travesti de casi dos metros que había seguido toda la carrera del crack.

—A mi pedime lo que quierás “Pildorita”, a vos no te niego nada – le decía todas las mañanas la “Wendy” mientras le preparaba el desayuno y le tendía la cama.

—¿Tas loca? ¡Qué van a pensar los muchachos!

—Tranquilo, por acá pasaron todos – mientras se acariciaba la nalga.

“Pildorita” reflexionó mucho sobre su vida, se prometió ser una mejor persona. Al salir, organizó con sus amigos el “Chino” y el “Guanaco” una ONG en beneficio de los liberados y fue a dar charlas a las escuelas más humildes, aunque ninguno de ellos cambió de costumbres.

Cada tanto, “Pildorita” vuelve a jugar con sus amigos del módulo, como en este momento en el que todos lo están vivando. 

Él dice que lo hace porque los extraña.

Otros, que está esperando a que liberen a la “Wendy”.

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