Carlos DK

Pasaje del Terror

Llegamos al atardecer y parecía todo bien preparado. En la plaza de aquella pequeña aldea que no había escuchado jamás, los carteles ya desde la entrada parecían anunciar un evento en el que la posiblemente todo el pueblo estuviera participando. El bar de al lado de la iglesia ya ofrecía con una barra fuera algo para hacer tiempo, café, refrescos en lata, paquetes de patatas… nos dirigimos allí, suelen ser los mejores puntos de información y nos dieron las indicaciones concretas. Solo debíamos de esperar en la cola y en el mismo bar se podía dar la que uno bien pudiera sin ningún tipo de compromiso. 

 

‒Menudo despliegue, ¿un microbus para llevarnos hasta el pasaje?¿y gratis?

‒Mamá, ¿por qué viene vacío?‒ preguntó mi hijo algo asustado.

‒Por que los dejan con los monstruos y ya no salen de allí‒ Me quedé mirándolo con mucha seriedad esperando su reacción.

‒No es verdad ¿no?

No pude más que aguantarme la risa por respuesta.

 

Desde la plaza de la iglesia, que por cierto estaba algo destartalada, salía un vehículo que nos llevaría hasta el lugar. La noche siguió cerrándose y el ambiente se animaba mientras esperábamos nuestro turno para subir al pequeño bus. Por delante iban el hombre lobo y una mujer loba con dos pequeños payasos zombies, justo por detrás, un par de jovenes esqueletos con una bruja que podría necesitar dos escobas para volar y un cirujano que por alguna razón llevaba un cuchillo de carnicero ensangrentado. Nosotros íbamos de monja y sacerdote poseídos.

 

No esperamos más de media hora cuando nos subimos. La chofer era una muerta bien caracterizada a la que pedimos amablemente que bajara el aire acondicionado, pero nos respondió que el olor a muerto podría ser insoportable. No supe como tomármelo, así que nos dirigimos al final del bus, el único sitio que quedaba libre. 

 

Después de alguna broma, nos bajamos un poco mareados por las curvas frente al portón de un antiguo caserío. Por el día seguramente no daría tal respeto, pero en mitad de aquel monte, a oscuras y escuchando algunos gritos que no supe distinguir si eran de risas o de llantos entremezclados con el sonido de una motosierra, la cosa se tornó algo lúgubre.

 

Mi hijo me miró. Yo le sonreí por simple reflejo, por no mostrarle la mala sensación que me había dado aquello. Mientras avanzábamos en la cola, nos miraban de arriba y abajo como sopesándonos y nos iban separando por dos caminos diferentes.

 

‒Disculpe, esto es para todas las edades ¿verdad?‒ Le pregunté esperando una respuesta negativa para salir de aquel lugar cuanto antes.

‒Claro, da igual la edad. Aquí el que viene forma parte del espectáculo.‒ dijo mostrando una sonrisa podrida mientras miraba a mi hijo‒. Deme su pase y no forme cola.

 

Mientras seguía al grupo que parecía más pequeño, miré un instante hacia el tipo de la puerta que desvió la mirada al sorprenderlo mientras hablaba con algún compañero. Tomé a mi hijo de la mano y me lo acerqué.

 

Antes de comenzar en medio de una oscuridad casi absoluta, pidieron silencio y cuidado con los tropiezos. Nos reagruparon en fila y nos hicieron ir caminando agarrados al hombro de la persona de delante. La primera persona de la fila era un brujo que portaba una antorcha y distribuyó unas golosinas. Miré lo que tenía a mi alrededor y solo pude intuir muñecos o actores por el suelo que algunos del grupo se atrevieron a dar puntapies entre risas nerviosas. Una vez terminó con las golosinas, se marchó dejándonos en completa oscuridad.

 

A los pocos segundos unas luces cegadoras alumbraron el lugar mostrando el foso donde nos encontrábamos, alrededor, en unas gradas estaban el resto de los que faltaban del grupo. El sonido del motor de una sierra mecánica arrancando nos hizo correr hacia el lado contrario, algunos tropezaron con lo que parecían cabezas y cuerpos en el suelo, otros riendo se quedaron para verlo de cerca. Las cabezas de aquellos insensatos fueron las primeras en formar parte del atrezzo del siguiente grupo, las nuestras, cayeron después.