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Otra realidad | Felipe Moraga

Otra realidad | Felipe Moraga

Voy por el paseo central del parque Virginia Wolf a las diez de la noche, y huelo a hierba mojada. Hay bastantes personas caminando. Sin embargo, me extraña mucho y siento miedo porque los paseantes tienen dos sombras; no me lo puedo creer. Van tan tranquilos como si no pasara nada. Me asusto mucho cuando descubro que a mí me ocurre lo mismo. Es una locura, parece de otra realidad. Yo estoy despierto. He salido a pasear con el chándal negro. Ya superé aquel sueño repetitivo que tuve.

Pero ¿cómo es posible? No puede ser verdad. Todos tenemos una sombra que va delante y otra detrás. ¿Habré entrado en otra dimensión espacio temporal sin darme cuenta?

No estoy dormido, pero parece una pesadilla. ¿Estaré perdiendo el juicio? No, porque mantengo la razón. Temo mirar las sombras; lo hago de reojo y la trasera es más negra. Una de las dos debe ser la mía, la de toda la vida, pero ¿cuál?

Sé que la proyección negra está relacionada con el mal y lo oculto en la religión. En este caso se trataría de dos maldades. Parece un cuento de Edgar Alan Poe.

Empiezo a andar deprisa para quitarme los dos añadidos cuanto antes. Nadie se fija en los otros; andan como autómatas. Ahora son más altas, les ha salido un reborde muy negro y se distingue parte de algunos rostros. ¿Y si están muertos y deambulan por el parque? No es posible porque todos tienen carne bajo la vestimenta; al menos, eso parece. Es terrible lo que está pasando. Quiero irme, pero no puedo.

Estoy cansado de pasear con rapidez. Además, no se despegan de mi cuerpo. Me apoyo de espaldas en un árbol para reflexionar. De repente, presiento que la oscuridad me va a devorar. Respiro mal, tiemblo y sudo. Aparecen errores cometidos en el pasado: «Cuando me enfrenté al profesor y me suspendió, le eché una bronca por entregar muy tarde los exámenes, así lo hice. Puedo ver la escena al completo, incluso la cara del docente. También observo el rostro de un antiguo amigo al que le negué el saludo, sin saber por qué y sigo sin comprenderlo». La sombra delantera se ha alejado de mí; tiene un color blanquecino y azulado.

Continúo andando hasta llegar a una plaza que se llama Las dos sombras. Nunca la había visto en este parque. Compruebo que estoy en otra realidad y no sé cómo he llegado hasta aquí, porque yo no sueño. ¡Tengo miedo! No sé cómo salir de esta situación irreal.

Entro en la plazuela ovalada y bajo los portales hay consultorios, clínicas para las dos sombras en paralelo; y también cuando una sombra va delante y otra detrás. Se anuncian centros especializados en las alteraciones de la proyección negra, la normal, la de cada uno.

Alguien me mueve el brazo con fuerza:

—¡Ernesto! Que son las ocho. Hoy llegas tarde a trabajar al instituto.

—¡Vale, vale! Que me he dormido. Huele a café. ¡Qué rico! ¡Muchas gracias, cariño!

—¡Date prisa!

—Que sí, no te preocupes. ¿Ayer fui a pasear al parque?

—¡Claro! ¿No te acuerdas?

—Es que he soñado como si fuera paseando por él, y ya no sé si es realidad o qué.

—¡Ay, ay, ay!

—No te rías, que es verdad. —Como una magdalena con rapidez y miro a Teresa.

—Me recuerdas a Calderón de la Barca con La vida es sueño. Me tengo que ir, soñador.

—¡Que tengas un buen día, Teresa!

—Luego nos vemos.

Recojo los platos y la cafetera. Me ducho. Para evitar el problema de las sombras, voy en coche al instituto. No salgo al patio. Al volver a casa me meto con rapidez en el vehículo.

Teresa, que llega antes del colegio, ya ha preparado los macarrones. Después de comer, leo sobre sombras. Nunca se habla de tener dos, siempre es una la que se manifiesta. Ella, me dice: «tal vez, la sombra trasera sea el pasado; ese que tuve y ahora me está machacando la existencia con antiguas heridas emocionales. Siendo la que se proyecta delante: el futuro. Que no le dé importancia, seguro que no se repite». Sin embargo, yo sé que será un sueño recurrente como el que tuve y me tocará sufrir.

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