Niebla, piedra y vidrio

Roy Carvajal

El tanque giró el cañón en busca de otra fachada enemiga.

—Ven, pon tu mano en mi hombro. Intentaremos bajar. Son varios pisos. Caminaremos despacio… ¿Cómo te sientes?

— No veo nada.  

— Tampoco yo. Todo está nublado. El humo se hace más denso a cada paso.

—El pitido aun resuena en mis oídos, pero ya pasará.

—Sí, es verdad. Maldito tanque. Quizá la detonación del misil nos reventó los tímpanos.

—No creo. Fueron esquirlas las que nos impactaron. Debe ser esta mascarilla que sabe a hule… y a sangre.

—¡Hey! ¡No lo hagas! Pueden haber gases venenosos. Ya sabes cómo son estos malnacidos. Dijeron que usarían armas químicas contra civiles para “sacar las ratas de sus escondrijos”.

—¡Pero mi visor está empañado de sangre!

—¡No, no te arriesgues! Yo también quiero quitármela y beber un trago de Smirnoff, no aguanto el calor. Sigamos caminando. Sujétate de mi brazo.

—Mmmh, vodka enemigo… desde que me enlisté como reservista no voy a una fiesta, por estar jugando con pistolitas como cuando éramos niños.

—Creo que ya no habrá más fiestas. Acuérdate que mi esposa y también tus amiguitas del burdel tomaron un tren. Ya deben de estar seguras en Cracovia.

—Daría mi vida por volver a ver una botella de…

—¡Cuidado! ¡No te sueltes!… creo que vienen unos escalones… ¡Sujétate!…

—¡Aaah, aaaaaah! ¡Petroooo!

La caída fue estrepitosa. Mi hermano cayó al piso de concreto como si fuera un costal lleno de piedra y vidrios.

—¡Józef! ¿Dónde estás? ¡No se ve nada allá abajo!

—¡Aaah! ¡Está oscuro, no veo, Petro! ¡Debe ser la primera planta! ¡Duele mucho, creo que me torcí el cuello!

«Maldición. Jamás saldremos vivos de esta».

El filtro de las GP-7 nos permitirían respirar por unos minutos más. Mis gafas de vidrio se empañaron por el sudor. Las nubes de humo grisáceas seguían colmando los aposentos del edificio. La visión era nula y no supe cómo bajar a rescatar a mi hermano. Debía esperar a que el humo se disipara o correría igual suerte. Una segunda explosión me empujó hacia atrás. Olía a gasolina quemada, una molotov. La vista bloqueada. El humo negro se filtró por el diafragma. Empezó a asfixiarme. 

Me incorporé. Decidí correr, pero unos brazos como fierros me hicieron una llave por la espalda. El soldado me inmovilizó. Levantó mi diafragma y pude respirar un poco. De un manotazo me arrancó la mascara antigás y empezó a estrangularme. Recordé a mi esposa. A mi hija de tres meses en su vientre. Con dos dedos saqué el finka de mi bolsillo secreto y se lo hundí en el hígado. Los gritos de dolor no se hicieron esperar y con un gancho derecho le reventé la mandíbula. El peso del hombre hizo cimbrar la primera planta, entre el humo denso. Me contuve. Debía pensar. 

 

–¡Petroooo! ¡Duele mucho! –se escuchó su voz apagada desde abajo. Consideré saltar. Quizá tendría mejor suerte que mi hermano y tomé impulso.



Apenas puedo hacerme la idea de cómo eran los apartamentos de este edificio. Entre el humo solo veo las siluetas de las fachadas demolidas. Se va disipando. Mis botas tropiezan con bultos oscuros. Niños desparramados por el suelo. Son varios. ¡Dios mío!… son cientos. Desmembrados. Con sus ilusiones derrumbadas. Como sus hogares. Como esta escuela. 

Desde el piso de concreto, calculo que mi hermano y yo estábamos en un tercer piso. Sí, donde nos dejó el helicóptero. Pronto vendría la tropa a rescatar sobrevivientes. Sostengo en mis pulmones el poco aire que existe y tanteo los cuerpos de los infantes, no tendrían cinco años de edad. Entre los escombros hay libros, o cuadernos. Páginas sueltas se integran entre ladrillos. Siento el manubrio de un triciclo. Una muñeca. Un bulto grande. Me acuclillo. Lo encuentro por fin. Parece dormido. Le quito el casco y la máscara antigás. La sangre empozada emana del diafragma por el que nos comunicábamos sin destaparnos la cara. Las gafas reventadas. Mi hermano. Mi querido hermanito. Mi camarada de infancia. Sus ojos perforados por las esquirlas salen de sus cuencas y resbalan entre mis manos. El tanque gira y apunta de nuevo.