Nazino | Ana Fortuny
La historia que me contó Grigori, el amigo ruso de mi abuelo, llegó a mí en fragmentos, pues había una barrera. Él entendía el español, aunque no podía hablarlo muy bien. En 1934, el joven Grigori emigró a América, escapando del terror del régimen estalinista. Ahora rondaba los ochenta y solía ser reservado, pero cuando le preguntábamos sobre su infancia, hablaba con pasión de las canciones populares, de su madre horneando pan negro y del río helado donde pescaba. Yo estudiaba humanidades y me interesaba conocer lo que pasaba en otras partes del mundo. Una tarde lo encontré decaído. Esperaba en la sala a mi abuelo, con quien jugaba a las cartas los jueves, pero él no había regresado aún de su cita médica.
一¿Cómo se encuentra, Grigori? 一lo saludé por cortesía.
一Grigori, mal 一se lamentó. Hoy memoria Nazino.
一¿Nazino?
一Isla en río Ob.
一¿Y qué recuerdos le trae esa isla? 一le pregunté.
一Prisioneros.
一Ah. Ya veo.
一¿Delincuentes?
一No todos. Unos buenos. Miles hombres. Mujeres, pocas.
一¿Usted era uno de ellos?
一No. Hermano.
一Lo lamento. ¿Cómo se llama su hermano?
一Anatoli.
一Ah, Anatoli. ¿Logró escapar? ¿Sobrevivió?
一Lo comieron.
一¡¿Cómo?!
一Miles hombres. Isla. Río Ob. Helado. Arbustos, pocos árboles.
一Espere, Gregori. ¿El río Ob rodea a la isla Nazino?
一Da, da.
一¿Su hermano era uno de los prisioneros?
一Da. Joven, bueno. Isla no comida. Isla no casas. Isla nada.
一¿No había nada? ¿Una prisión? ¿Unas barracas? ¿Leña o animales para cazar?
一Nada. Hambre. Frío. Robar abrigos, botas.
一¿Y los guardias?
一Otra orilla. Disparos, si acercan agua.
一¿Cuándo ocurrió eso?
一1933.
一¿1933?
一Da. Palos. Piedras. Corrieron mujeres, niños. Rasgaron pechos mujeres, corazón, hígado…También Anatoli y otros.
一¿Y nadie los detuvo?
一Nadie. Comieron carne. Colgaron de árboles.
El anciano bajó la vista. Nos quedamos en silencio, y así nos encontró mi abuelo. Grigori me miró con un gesto de no querer hablar más de eso o de no poner en penas a mi abuelo, preocupado por su diabetes. Los dejé solos con su baraja y me fui a mi habitación sin cenar.
Esa noche pensé en Anatoli. Lo imaginé tratando de escapar de las paredes invisibles de Nazino. Qué absurdo, pensé. Una isla con muros de niebla. Una niebla densa que se instala y no permite siquiera caminar. Ahí estaba Anatoli, acurrucado. Abrazaba sus rodillas, guardaba el poco calor que emitía su cuerpo. Había también muros de agua, y muros enormes con ladrillos de carne y hueso. Cada ladrillo era un hombre. Un hombre hambriento, sucio, con dientes negros y quebradizos, un hombre enmarañado. Las paredes más grandes eran ésas, infranqueables, móviles, que se acercaban cada vez más al cuerpo de Anatoli, a los cuerpos de las mujeres con pechos blandos y nalgas redondas, y a los cuerpecitos de los niños, para dejar después los fémures y los cráneos desperdigados. Para dejar después la sangre pintando los muros que saciaban un poco el hambre.
Después de esa noche, ya no quise hablar más con Grigori.
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